Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Categoría: Autores tabasqueños (Page 1 of 11)

El cuentista del siglo XX

La toma de Frontera


Bruno Estañol

Estañol es el gran cuentista de toda la tradición literaria tabasqueña. Sus trabajos le han merecido reconocimientos y análisis críticos nacionales e internacionales. Cultiva también los géneros de novela y ensayo, es sin duda el mayor escritor de narrativa de Tabasco. Con éste cuento, autorizado generosamente para su difusión en esta página por el maestro, podemos leer una espléndida historia del terruño imaginativo, contada desde dos puntos de vista.

 

Para Alvaro Ruiz Abreu

 

Don Pedro

Aquí vivo solo y mi alma en la miseria.

Digo, casi en la miseria porque por lo menos tengo para comer; después de tantas guerras y guerritas en las que participé. Tengo un loro palencano que ciertamente habla mucho pero la mayor parte del tiempo se la pasa gritando y me pone de malas. También tengo un caballo alazán tostado de gran alzada pero no lo puedo tener en esta casa. Mi casa es de teja y está a la orilla del cementerio a las afueras del pueblo. El caballo está en un rancho cerca de aquí. A cambio de tenerlo allá lo usan para arriar al ganado. Así que en realidad la única compañía que tengo es el loro. Los loros aquí siempre dicen lo mismo y todos se llaman Lorenzo. Tardó muchos años para decir buenos días y ahora siempre me lo dice aunque esté anocheciendo. Así que me levanto en la mañana y el loro me dice: buenos días don Pedro. Buenos días lorito, le digo. Después le doy de comer y salgo al patio a ver el amanecer. A esa hora recuerdo muchas cosas. Después me meto a la casa y desayuno un chocolate con agua caliente y un plátano con queso. La verdad es que ya no quiero regresar al ejército.

 

Algo inesperado ocurrió. Un militar retirado nos vino a visitar. Estaba yo con mi madre en la sala de la casa hacia el atardecer. El calor ya estaba bajando.

 

En una de esas guerritas ahí quedo y se acabó don Pedro Padilla. Como no tengo mucho qué hacer me la paso pensando. Pienso sobre todo en como agenciarme una mujer y cómo conseguir un poco de plata. Tal vez consiga un trabajo cuidando un rancho o tal vez trabaje como comisario de policía. Capaz y que pongo un alambique. Ninguna de esas perspectivas me entusiasma. Lo que sí creo es que la soledad me está sacando de mis casillas. El otro día soñé, o no sé si lo soñé, que Lorenzo me hablaba. No me decía las mismas palabras de siempre, las que yo le he enseñado, sino que hablaba y me daba consejos sobre cómo salir de pobre. Malos consejos. En la mañana lo fui a ver y noté que había estado perdiendo las plumas. Yo las recojo y las pongo en un florero. Pobre. La soledad también lo está matando. Veía al loro y me parecía que de un momento a otro iba a empezar a hablar como en el sueño. Mire usted don Pedro Padilla, capitán del glorioso ejército mexicano, héroe no de mil batallas pero por lo menos de dos, que ya es mucho, usted está pobre porque quiere. Hay que ser ingenioso y creativo. Usted lo único que hace es caminar por el cementerio, bañarse de vez en cuando en el patio con un balde de agua fría y caminar algunas tardes y noches a San Juan Bautista. Hay muchas cosas que hacer en la vida. Usted es galán e inteligente. Le pregunté al lorito: ¿Por qué me dices todo esto? Yo me aburro como usted y tengo afán de novedades.

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Prácticas continuas

De políticos y bibliotecas-fantasmas


Andrés Iduarte

Testimonio que refleja la atmosfera pos revolucionaria, a través de la memoria infantil. Hemos tomado esta sección, dividida originalmente como un capítulo, por una narración aproximadas al cuento.

La educación democrática que yo recibí es maravillosa… A las diez de la mañana apareció mi primo Alfredo, el sombrerero, con una pistola en la cintura, una gruesa estaca en la mano y un brillo extraño en los ojos. Era azul. Poco después vi pasar a mi tío Pedro Padilla, en no menos ortodoxo atuendo, rumbo a las casillas electorales. Era rojo. La elección comenzaba con una farsa: de las riberas de los ríos, los dos partidos habían traído legiones de campesinos, a los que emborrachaban en las calles. Empezaba la discusión sobre los empadronados y los no empadronados. A las once de la mañana venía “la de deveras”. Las casillas se disputaban a macanazo limpio. A medio día comenzaron los disparos. Algunos proyectiles perdidos fueron a pegar sobre las altas paredes de mi casa. La consecuencia fue una amenaza de zozobra. Yo no sé si fue entonces, o más tarde, cuando mataron al padre del gobernador interino, Carlos Vidal, cuyo entierro vi pasar desde la esquina de mi casa. Sólo sé que el pánico se mascaba.

Un día le llegó un oficio del gobierno en que se le ordenaba que entregase su biblioteca al Instituto Juárez para que pudiesen estudiar en ella los alumnos pobres. La biblioteca de mi padre consistía en dos o trescientos volúmenes, restos de la que se perdió en 1914.

Uno de esos días tocaron a mi puerta. Mi mamá se asomó por uno de los balcones. Cerró cuidadosamente y me dijo “son los rojos”. Espié y vi una patrulla, todos con la insignia revolucionaria en la camisa. Mi papá sufría un tremendo ataque de ictericia: el color de su rostro no resultaba en armonía con las circunstancias, pero tampoco comprometedor, pues era amarillo. Se levantó y ordenó que abriésemos en seguida. Por suerte era Nicolás Padilla, hijo de mi tío Pedro, a quien mi padre salvó la vida en tiempo de Huerta. Nicolás decía que los azules, descontentos y dirigidos por Leonides Domínguez, el hijo del candidato vencido, pensaban atacar la ciudad, cañoneándola desde el río. Venía a buscarnos para llevarnos a su casa, que era más segura, entre otras cosas porque era de piedra. Mi padre prefirió que nos quedáramos donde estábamos, repitiendo, como siempre, que nada tenía que temer.

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Atmosfera revolucionaria

Un niño antes de la revolución

Andrés Iduarte

Hecho testimonial que refleja la atmosfera previa a la revolución, a través de la memoria infantil. Hemos tomado esta sección, dividida originalmente como un capítulo, por una narración aproximadas al cuento.

Mi tío Radulfo Brito fue muerto a tiros, villanamente. El general Victoriano Huerta estaba en el poder. Retirado mi tío de la política desde la caída de don Porfirio, enfermo de los ojos, casi ciego, pensó pasar a México a operarse. Quiso visitar, antes, una de sus propiedades, el ingenio de Santa Rita. El nuevo mayordomo, un hombre de antecedentes turbios, tuvo una disputa con él. Unos le atribuyeron a cuestiones personales, otros dicen que buscó simplemente un pretexto para ejecutar lo largamente premeditado. Sin que el licenciado Brito pudiera defenderse –no veía– le descerrajó varios balazos que lo hirieron en la boca y la garganta. Cayó al suelo. Todavía resuenan en mis oídos las palabras que desde allí pudo todavía decirle mi tío, y que tantas veces oí repetir. Es una sentencia que sólo puede brotar de la hombría en trance de muerte:

–¡Don Domingo, así no se mata a los hombres…!  

A los hombres de verdad, quería decir, se les mata de frente y sin ventaja. El licenciado Brito era un hombre de valor personal bien probado, con una historia de desprecio a la muerte que en el ambiente de Tabasco era y es la cualidad más estimada por todos. El heridor huyó. Tan luego llegó mi tío a San Juan Bautista, llevado por sus fieles, mi primo Rodulfo, que tenía menos de quince años, embarcó en un “motor” para ir en persecución del asesino. Después de la leyenda del valor de mi abuelo y de mi tío, empezaba a caer sobre mis oídos otra nueva y vibrante: la de mi primo. Como un grabado heroico me quedó en la memoria el cuento de la aprehensión de don Domingo, que huía a toda prisa en una barca de remos, armado hasta los dientes, y que, al ver al hijo de su víctima, se entregó sin luchar. Los broncos tabasqueños que iban a dar el pésame a mi primo, le decían que “debió matarlo ahí mismito”. Mi tío murió tres días después de ser herido. Se lo llevó la hemorragia, que no pudieron contener.

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Agua y luz en Tabasco

Nostalgias y descubrimientos

Rafael Domínguez Gamas

A través de una prosa ágil, enriquecida por disgregaciones secuenciales, nuestro autor nos refiere ellos históricos que hoy parecen ficción: la llegada de la luz eléctrica y el último gran ciclón del siglo XIX.

¿Qué cosas o sucesos puedo recordar desde 1886 en que llegué con mis padres a San Juan Bautista, a los tres años de edad? Todo es bruma en mis recuerdos, todo borroso, todo desdibujado. Con todo esto, apurando el recurso de cerrar los ojos paréceme que una cinta cinematográfica va pasando suave, tenue, lenta, evocadora, mostrándome el pasado, ese empalidecido pasado mío que, muy a mi pesar, se fue ya para siempre.

Las aguas del Grijalva llegaron hasta la calle de Sáenz, hasta la falda misma de la Loma de la Encarnación.

Tenía yo cinco años. Llovía a torrentes. Soplaban rachas huracanadas. En la alta noche, mis padres y yo estábamos despiertos. Y el vecino don Plácido González nos hacía compañía. Había pavor en los rostros. De cuando en cuando, un ruido estrepitoso nos aterrorizaba: de la iglesia catedral, a impulso del furioso huracán, caían las tejas del inclinado techo. Mis padres y don Plácido hablaban de la seguridad y resistencia de las paredes de la casa. Yo los seguía silenciosamente, pero empavorecido como ellos. Aquello fue el ciclón del 1888, el famoso e inolvidable ciclón que produjo en Tabasco la inundación mayor de que se tiene memoria. En aquella ocasión –no sé si lo recuerdo porque lo vi o porque me lo contaron o porque lo dice así la tradición– , las aguas del Grijalva llegaron hasta la calle de Sáenz, hasta la falda misma de la Loma de la Encarnación.

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