Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Categoría: Autores tabasqueños Página 1 de 11

Cuento de nostalgia cotidiana

Cata

Gerardo Rivera

Narrador, poeta, maestro, profuso investigador de la literatura tabasqueña, fabulista oral y gran conversador.

Contigo no hago el amor aunque me pagues, me decía cata cada vez que se cambiaba de ropa y hasta de sus prendas íntimas frente a mí. La acepté en casa porque había sido mi alumna en otro tiempo, pero en los últimos días le había ido mal. Cata dormía conmigo cuando no salía con otros hombres, pero no permitía que le hiciera el amor ni que la acariciara. A veces, cuando estaba dormida, estiraba la mano para tocarla, porque dormía desnuda. Pero hasta en sueños adivinaba mis movimientos incluso cuando estaba a punto de tocarle el vello púbico.

Cuando regresaba tomada, pensaba que ahí me podría aprovechar para poseerla y tocarla a mi antojo, mas ella se dormía con sus jeans puestos, que le ayudaban a resaltar mejor su figura, provocando que la deseara más. A veces pensaba que Cata se veía mejor vestida, pero cuando salía del baño, desnuda, era como si el Diablo me tentara y hasta sentía cólera por no poderla convencer. Llegaba al cinismo de echarse talco y cremas en el cuerpo frente a mis ojos escrutadores, hasta pasarse el rastrillo por los bordes del pubis, cercano a la vagina, cuando estaba citada para ir al mar y se iba a colocar un bikini.

Un cuento con paisaje

Lágrimas de cocodrilo

Guadalupe Azuara Forcelledo

Escritora, bibliotecaria, maestra universitaria, formadora de escritores y promotora cultural.

Los grandes ojos color café del lagarto se asomaron una vez más a la superficie de la laguna. Cualquiera diría que se le alargaban por el agua, pero no: le salían fácil las lágrimas.

La laguna estaba en calma, el viento había cesado, y todo parecía indicar que ya no llovería más. Pichi, el lagarto, se sentía sólo, cuando era pequeño su curiosidad lo había llevado a perderse en el pantano donde vivía separándose de su familia, luego fue arrastrado por una corriente que lo internó aún más en las zonas profundas del popal. En ese lugar vivían pequeños peces y roedores de los que se alimentaba. Así pasó el tiempo y Pichi poco a poco creció. Pero se sentía solo. Era una sensación indefinible que le pesaba en el cuerpo, cuando el sol se acostaba por las tardes o cuando en el tiempo de nortes la lluvia lo bañaba por días y días. Y entonces se ponía a llorar.

Un cuento de amor

Mi amado amadísimo

Soledad Arellano

Escritora, correctora, maestra universitaria y una de las voces narrativas más audaz en la tradición cuentística de Tabasco.

Hoy es el día de mi boda y él no está. Sé que es inútil esperarlo; no va a llegar. Sólo puedo recibir las felicitaciones y simular que estoy contenta. Por fin la solterona de la familia se casa.

Nadie podía entender que yo fuera feliz sin pareja, pero era cierto: el trabajo, los amigos y, sobre todo, la compañía de él llenaban mi vida. Siempre nos llevamos muy bien, y si hubiera un culpable de lo sucedido tendría que ser yo, porque él siempre confió en mí. Al principio, quizás porque era la única que no lo trataba como a un niño, ni me reía de sus conflictos adolescentes o porque él sentía mi enorme cariño. No sé, pero se acostumbró a estar conmigo, a contarme sus cosas y pedirme opiniones.

A mí me halagaba cuando prefería mi compañía a la de las jovencitas de su edad o cuando comentaba que ninguno de mis –cada vez más escasos– pretendientes me merecía.

El cuentista del siglo XX

La toma de Frontera


Bruno Estañol

Estañol es el gran cuentista de toda la tradición literaria tabasqueña. Sus trabajos le han merecido reconocimientos y análisis críticos nacionales e internacionales. Cultiva también los géneros de novela y ensayo, es sin duda el mayor escritor de narrativa de Tabasco. Con éste cuento, autorizado generosamente para su difusión en esta página por el maestro, podemos leer una espléndida historia del terruño imaginativo, contada desde dos puntos de vista.

 

Para Alvaro Ruiz Abreu

 

Don Pedro

Aquí vivo solo y mi alma en la miseria.

Digo, casi en la miseria porque por lo menos tengo para comer; después de tantas guerras y guerritas en las que participé. Tengo un loro palencano que ciertamente habla mucho pero la mayor parte del tiempo se la pasa gritando y me pone de malas. También tengo un caballo alazán tostado de gran alzada pero no lo puedo tener en esta casa. Mi casa es de teja y está a la orilla del cementerio a las afueras del pueblo. El caballo está en un rancho cerca de aquí. A cambio de tenerlo allá lo usan para arriar al ganado. Así que en realidad la única compañía que tengo es el loro. Los loros aquí siempre dicen lo mismo y todos se llaman Lorenzo. Tardó muchos años para decir buenos días y ahora siempre me lo dice aunque esté anocheciendo. Así que me levanto en la mañana y el loro me dice: buenos días don Pedro. Buenos días lorito, le digo. Después le doy de comer y salgo al patio a ver el amanecer. A esa hora recuerdo muchas cosas. Después me meto a la casa y desayuno un chocolate con agua caliente y un plátano con queso. La verdad es que ya no quiero regresar al ejército.

 

Algo inesperado ocurrió. Un militar retirado nos vino a visitar. Estaba yo con mi madre en la sala de la casa hacia el atardecer. El calor ya estaba bajando.

 

En una de esas guerritas ahí quedo y se acabó don Pedro Padilla. Como no tengo mucho qué hacer me la paso pensando. Pienso sobre todo en como agenciarme una mujer y cómo conseguir un poco de plata. Tal vez consiga un trabajo cuidando un rancho o tal vez trabaje como comisario de policía. Capaz y que pongo un alambique. Ninguna de esas perspectivas me entusiasma. Lo que sí creo es que la soledad me está sacando de mis casillas. El otro día soñé, o no sé si lo soñé, que Lorenzo me hablaba. No me decía las mismas palabras de siempre, las que yo le he enseñado, sino que hablaba y me daba consejos sobre cómo salir de pobre. Malos consejos. En la mañana lo fui a ver y noté que había estado perdiendo las plumas. Yo las recojo y las pongo en un florero. Pobre. La soledad también lo está matando. Veía al loro y me parecía que de un momento a otro iba a empezar a hablar como en el sueño. Mire usted don Pedro Padilla, capitán del glorioso ejército mexicano, héroe no de mil batallas pero por lo menos de dos, que ya es mucho, usted está pobre porque quiere. Hay que ser ingenioso y creativo. Usted lo único que hace es caminar por el cementerio, bañarse de vez en cuando en el patio con un balde de agua fría y caminar algunas tardes y noches a San Juan Bautista. Hay muchas cosas que hacer en la vida. Usted es galán e inteligente. Le pregunté al lorito: ¿Por qué me dices todo esto? Yo me aburro como usted y tengo afán de novedades.

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