Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Categoría: Cuento siglo XXI

Un cuento con paisaje

Lágrimas de cocodrilo

Guadalupe Azuara Forcelledo

Escritora, bibliotecaria, maestra universitaria, formadora de escritores y promotora cultural.

Los grandes ojos color café del lagarto se asomaron una vez más a la superficie de la laguna. Cualquiera diría que se le alargaban por el agua, pero no: le salían fácil las lágrimas.

La laguna estaba en calma, el viento había cesado, y todo parecía indicar que ya no llovería más. Pichi, el lagarto, se sentía sólo, cuando era pequeño su curiosidad lo había llevado a perderse en el pantano donde vivía separándose de su familia, luego fue arrastrado por una corriente que lo internó aún más en las zonas profundas del popal. En ese lugar vivían pequeños peces y roedores de los que se alimentaba. Así pasó el tiempo y Pichi poco a poco creció. Pero se sentía solo. Era una sensación indefinible que le pesaba en el cuerpo, cuando el sol se acostaba por las tardes o cuando en el tiempo de nortes la lluvia lo bañaba por días y días. Y entonces se ponía a llorar.

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Un cuento de amor

Mi amado amadísimo

Soledad Arellano

Escritora, correctora, maestra universitaria y una de las voces narrativas más audaz en la tradición cuentística de Tabasco.

Hoy es el día de mi boda y él no está. Sé que es inútil esperarlo; no va a llegar. Sólo puedo recibir las felicitaciones y simular que estoy contenta. Por fin la solterona de la familia se casa.

Nadie podía entender que yo fuera feliz sin pareja, pero era cierto: el trabajo, los amigos y, sobre todo, la compañía de él llenaban mi vida. Siempre nos llevamos muy bien, y si hubiera un culpable de lo sucedido tendría que ser yo, porque él siempre confió en mí. Al principio, quizás porque era la única que no lo trataba como a un niño, ni me reía de sus conflictos adolescentes o porque él sentía mi enorme cariño. No sé, pero se acostumbró a estar conmigo, a contarme sus cosas y pedirme opiniones.

A mí me halagaba cuando prefería mi compañía a la de las jovencitas de su edad o cuando comentaba que ninguno de mis –cada vez más escasos– pretendientes me merecía.

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Un cuento fantástico

Ecdisis de Luca

Vicente Gómez Montero

Novelista, dramaturgo, lector, melómano, formador de escritores y uno de los narradores tabasqueños más consolidados del siglo XXI es Vicente Gómez Montero, quien en los últimos 30 años ha dejado constancia de disciplina y pasión por la literatura. Este cuento, que generosamente comparte con nosotros, es una muestra del paraíso Gomezmontesino, donde los elementos de la literatura fantástica están representados.

para Lorena

Mientras subía por la enredadera, Luca supo que el momento había llegado. Con sus pocos años, ágil de cuerpo, apenas con el traje de baño que usó durante el día en la piscina, en la fiesta de las niñas Tina, Mina y Pina,  Luca era la viva imagen de la juventud del vecindario.

Las casas, instaladas ahí por las autoridades primeras del pueblo, queriendo darle jerarquía a sus lauros, eran de una amañada soledad. Todas con balcones, altillos les llamaron en ese tiempo, que daban el toque sobresaliente, enfatizando la fuerza y constancia de los habitantes de aquella población. Las casas fueron ocupándose de esas familias de abolengo, de alta alcurnia. Apellidos rimbombantes se fueron mezclando con los de menor fortuna genética. Porque de pronto, ante la oleada revolucionaria que asoló el pueblo, las grandes casas, ésas, hechas para el dispendio y la opulencia, se ocuparon por familias menos prestigiosas pero con dinero. La Revolución trajo dinero para unos y desdicha para otros. Los aristócratas de antaño admitieron a regañadientes a los nuevos ricos, por nuevos y por ricos. Entonces se fundieron los antiguos linajes con el nuevo cuño pero quedó el recuerdo. El linaje se puso bajo el tapetito del dinero. Las grandes casas sólo fueron eso, grandes de espacio, nunca más de abolengo.

El linaje se puso bajo el tapetito del dinero. Las grandes casas sólo fueron eso, grandes de espacio, nunca más de abolengo.

Por una de esas casas, hasta el balcón, trepaba Luca, haciendo gala de la fuerza obtenida durante muchas horas en el gimnasio. En mitad del camino, tomando aire, colgando de una de las enredaderas, recordó porqué estaba ahí. Hace unos meses, la vio. Elisa. Elisa era la esposa de aquel hombre. De aquel pintor que adornaba las paredes de su casa con exagerados cuadros de dulce albedrío. Pero el interés de Luca era Elisa. La mujer lo detuvo una mañana frente a la casa. Disculpa, le dijo, ¿sabrás donde hay una farmacia? Él apenas indicó que una o dos calles más allá. El contoneo de las caderas de la mujer lo hizo babear como babeaba hasta hace apenas un año ante la melcocha que la tía Tencha elaboraba a fuego lento.

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