Érase una vez un cuento en línea

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Categoría: Cuento siglo XX (Page 2 of 10)

El cuento del fakir

La muerte del fakir

Rafael Domínguez Gamas

Esta narración es una muestra de lo real maravilloso de la antigua San Juan Bautista, hoy Villahermosa. El texto ha sido retomado por otros autores de ficción para construir nuevas narraciones, donde el faquir tiene otros desenlaces.

Lo que voy a referir me parece que aconteció en el año de 1913 del siglo veinte, precisamente cuando ya había cumplido la tercera década de mi vida. Fue algo horrible que nunca olvidaré.

Alguien argüía que cosa igual había hecho ya en otros lugares como en Mérida de Yucatán con toda felicidad.

Se anunció que un domingo por la mañana, en presencia de cuantas personas quisieran asistir al espectáculo sería sepultado un fakir en el coloso taurino. Decíase que el dicho fakir se produciría por si solo el estado de catalepsia, y que en ese estado, con una lentísima pulsación que le permitiera permanecer dentro de una caja de madera preparada ad hoc, de lo cual darían fe algunos de los médicos de la localidad especialmente invitados para ese efecto, sería sepultado dentro de la referida caja y que así permanecería hasta después de la corrida de toros que se efectuaría en la tarde.

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Segunda parte de Tabasco en 1968

El mundo oficialoide temblaba

Isidoro Pedrero Totosaus

Esta es la segunda parte del texto que originalmente apareció como una crónica en el semanario “Malecón” en 1981; hoy lo ponemos a consideración de los lectores como un producto también de la ficción, quizás nuestro autor estaba más en la frontera de la narrativa social y del periodismo comprometido. 

El mundo oficialoide temblaba, los consuegros de Mora Martínez que se habían enriquecido insultantemente, preparaban las maletas apresuradamente: eran las ratas las primeras en abandonar el barco que se estaba hundiendo. Y allá, en Jalpa de Méndez, una humilde familia de lloraba en el interior de su jacal desesperadamente su hijo, Mario Madrigal Tosca, fue asesinado por los porros que subsidiaba Piñera Morales y que habían sembrado el terror en toda la Universidad: jovencitas vejadas, estudiantes salvajemente golpeados, maestros amenazados y las autoridades universitarias en zozobra. El terror imperaba en las aulas, y un movimiento reivindicatorio en la Escuela Normal que se transformó en huelga, había desatado la furia de los chacalitos que alimentaba primero desde la jefatura de policía y después desde la presidencia municipal de Cárdenas el militaroide Piñera Morales, amo y señor de la política en la entidad, compartida únicamente con el Chelo Rojas. El vacío de poder que provocó el versificador clasicista de Mora Martínez estaba haciendo estragos en la entidad.

El terror en toda la Universidad: jovencitas vejadas, estudiantes salvajemente golpeados, maestros amenazados y las autoridades universitarias en zozobra. El terror imperaba en las aulas, y un movimiento reivindicatorio en la Escuela Normal que se transformó en huelga.

Cuando los estudiantes pasearon por las principales calles de Villahermosa con el ataúd de Mario Madrigal Tosca, el imponente silencio de los capitalinos fue más que un estruendoso alarido que hizo explotar el descontento reprimido. Ahí, frente a Plaza de Armas, tomaron la palabra Mario Barrueta García, presidente de la FEUT y Víctor Manuel López Cruz, presidente de la sociedad de alumnos de la Escuela de Derecho. Los verbos candentes hicieron añicos la de por sí figura enclenque del hombre que traicionando a Carlos A. Madrazo, había conservado la gubernatura, y que en lugar de caminar erguido ante su pueblo reptaba asquerosamente, exhibiendo toda la dimensión de su miseria humana. A cada palabra de los oradores el coraje crecía, en cada estigma lanzando al oscuro gobernante el dolor se volvía cólera y luego de finalizar sus peroratas, ya todo estaba escrito: en la noche la asamblea de la FEUT desconociendo los poderes y luego, el mitin permanente en Plaza de Armas: los días transcurrían engrosando las filas amotinadas y las manifestaciones iban in crescendo, llegando a contabilizarse más de 30 mil manifestantes coreando una consigna: “Fuera Mora”.

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Tabasco en 1968

Movimiento del 68 en Tabasco

Isidoro Pedrero Totosaus

Originalmente esta narración apareció como una crónica en el semanario “Malecón” en 1981; hoy lo ponemos a consideración de los lectores como un producto también de la ficción, quizás nuestro autor estaba más en la frontera de la narrativa social y del periodismo comprometido. Un texto que hoy recuperamos como un cuento y que hemos dividido por su extensión en dos partes, esperamos sea de su agrado.

06:00 horas: El acerado ruido del cerrojo y el clic del candado abriendo la ignominiosa reja. La mirada torva del carcelero y esa sonrisa de sádico satisfecho, inician el día. Cuatro individuos privados de sus derechos salen de la estrecha celda para agolparse en el aún más estrecho pasillo de la crujía “C”, se abren paso en el pasillo central que comunica a las tres crujías restantes, y se disparan al pequeño patio para ocupar los lugares más soleados, de la larga banca de cemento que bordea al único lugar de la prisión donde se puede contemplar el cielo. Casi desnudos los reos tejen hamacas, sombreros de paja, abanicos, bolsas y redes de pescar. Algunos homosexuales (codiciadísimos en ese inframundos donde la represión sexual alcanza situaciones inconcebibles) lavan ropa ajena o cocinan en las tres fonditas los antojitos que complementan la raquítica alimentación del penal.

Del Parque Juárez a la radiodifusora XEVT, sólo distaban 200 metros y mucho coraje. Posesionados de la radio, los estudiantes lanzaron su grito libertario a todo el pueblo de Tabasco. Media hora de transmisión fue suficiente para que se reunieran más de cinco mil personas en el Parque Juárez, y de inmediato, se organiza una manifestación que recorre Zaragoza, dobla por Abasolo, regresa por 27 de Febrero y al llegar a Plaza de Armas, eran más de diez mil conciencias respaldando el movimiento gubernamental. El mitin permanece con los micrófonos que aumentaban la inconformidad estremecían la pusilánime humanidad de Manuel Mora.

07:00 horas: La sirena anuncia la hora de “la jaria”, y los condenados hacen la hambrienta cola para recibir el desabrido atole y un bolillo. Las mandíbulas batiéndose a velocidad tercermundista y el gañote subiendo y bajando apuradamente, embutiendo el paupérrimo alimento. La tez pálida, la piel reseca y la mirada vacía. Dantesca visión que a fuerza de la rutinaria convivencia, se convierte en normalidad. Allá en el cubículo de recepción, puerta de acceso al exterior, las manos de 17 estudiantes se cuelgan de los barrotes y devoran con la mirada al celador que anuncia el tan anhelado nombre, y el primer grito contagia a los demás:

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Villahermosa de principios del siglo XX

La vida en “El Vacilón”

Jesús Ezequiel de Dios

Esta es una narración costumbrista. Presentada originalmente como una sección de una novela, hemos querido destacarla como un cuento, ya que en ella podemos encontrar algunos elementos del género, pero sobre todo, aquí hay una reconstrucción de primera mano del paisaje y quehaceres del habitante de la capital tabasqueña de principios del siglo XX.

Como se dijo, a Pepe le sobresaltó enterarse que tenía que irse con su padre y así llegó a vivir a “El Vacilón”, que más que tienda era una cantinucha en Juan Álvarez y Gregorio Méndez, cruce en que terminaba la ciudad por ese lado, y la cuadra en la que se ubicaba era la zona roja. De nuevo a dormir entre costales y envases; como en “Las Delicias”, muchas veces abajo del mostrador pero siempre protegido por el cariño solicitó de su primo Ismael. Por su viudedad de hombre joven y su indiscutible vitalidad que jamás le hizo asco a ningún trabajo, el padre de José de los Santos se aturdía con el licor. Cariñoso con su hijo único, le agradaba mantenerlo a su lado colmándole de cariños, pero sus amistades femeninas de ocasión y la bohemia de Faustino Mora y el Negro Miguel entre los recordados, le hacían desentenderse en mucho de Pepe.

“El Vacilón”, que más que tienda era una cantinucha en Juan Álvarez y Gregorio Méndez, cruce en que terminaba la ciudad por ese lado, y la cuadra en la que se ubicaba era la zona roja.

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