Ya ni llorar es bueno

Josimar Reyes Mosqueda

Una historia del blofeo de la lectura y la divulgación del libro para nuevos autores.

Miguel tiene dos defectos que en cualquier otra persona tal vez no lo serían: tiene iniciativa y es un coleccionista compulsivo de libros. Ambos detalles los descubrí mucho antes de la tarde en que me arrastró a cometer la desafortunada diligencia. Sin embargo, nunca creí que sus defectos pudieran generar estragos del tamaño que lo hicieron.

Sucedió en un miércoles de abril, uno de esos días que al amanecer son frescos y a medida que las horas van pasando el calor se vuelve insoportable. Yo había tomado dos clases en las que, para mitigar el aburrimiento, leí un par de revistas eróticas escondido detrás de la muralla que era mi mochila. Antes de continuar el día, fui a desayunar un par de tacos. Ahí estaba Mario. Lo saludé recordándole el concierto del sábado en el Distrito Federal, y él, mientras detenía sus eructos con el dorso de la mano, advertía que Miguel compraría, ese mismo miércoles, los boletos del camión. La emoción de imaginarme en la entrada del estadio rodeado de las tribus defeñas bajo un sol pálido, me hizo olvidar la dureza de la carne y la tortilla. Pagué y caminé hacia la biblioteca donde se reuniría el equipo de la siguiente clase.

Miguel tiene dos defectos que en cualquier otra persona tal vez no lo serían: tiene iniciativa y es un coleccionista compulsivo de libros.

Durante el breve trayecto quise recordar el nombre de la película que proyectarían esa tarde como parte de la muestra internacional de cine, pero fracasé.

Encontré a mi equipo reunido en un cubículo. Todos portábamos rostros de somnolencia y desgano, excepto Miguel que -a pesar de su voz poco menos que gangosa, el mentón sobresaliente y el cabello peinado con limón-, daba señas de tener un espíritu fortificado. En realidad no me interesaba conocer las razones de su aparente felicidad, traducida en una impaciencia por finalizar la tarea. Ni siquiera pensé que pudiera tratarse del concierto, al que decidió acompañarnos sin que se lo preguntáramos.

Cuando finalizamos el trabajo, Miguel salió del cubículo para hacer una llamada. Yo me adueñé de su computadora portátil para revisar la película del día. Los otros compañeros, una mujer y un hombre, empezaron un juego de coqueteo, romance y albures del que me abstuve de participar. Aún no había terminado de leer la sinopsis y Miguel, que hablaba como si tuviera piedras en la boca, regresó diciendo que andaba apurado porque tenía unos asuntos por resolver. Hice como si no hubiera escuchado y abrí mi cuenta de facebook. Miguel no paraba de insistir en que le diera su computadora. Me molestó tanto que fruncí el ceño al preguntarle sobre cuáles eran sus compromisos.

—Es un trato que hice en la librería —contestó, con tono sigiloso y un gesto que ocultaba algo—, con Javier, el jefe de ventas. Es un apoyo que nos van a dar.

En el acto comprendí que no debía seguir de entrometido. El asunto, por importante que fuera, era totalmente ajeno a mí. Así, decidido a continuar un día sin conflictos, idealizando el futuro próximo, preparé mi partida del cubículo.

—Nos van a regalar unos libros —siguió Miguel, ignorando mi despreocupación—. Sólo necesitamos conseguir una camioneta para traerlos al taller.

La sorpresa que me produjo la noticia fue descomunal, no tanto por los libros sino por el oficio, que el mismo Miguel redactó, donde rogaba la donación del material impreso. En la esquina inferior derecha del documento aparecían las firmas de los participantes del taller literario de la universidad, el mismo al que asistí durante un par de años, pero que en los últimos seis meses no visité nunca. Me incliné para ver de cerca algo que me llamaba la atención. Al final de todas las rúbricas, aparecía mi nombre en una letra pequeña y torcida junto a un garabato con forma de tortuga. En un arrebato de dramatismo, sentí mi identidad violada; tomé la hoja y la apreté al tiempo que la saliva se agolpaba entre mis dientes y los labios. No alcancé a escupir porque Miguel me la arrancó de las manos pidiendo que no me enojara. Yo esperaba una disculpa y sólo obtuve la promesa de una dotación completa de libros.

—Nos urge conseguir la camioneta —insistió el gestor de libros—, si no vamos por los paquetes esta misma tarde, ya no habrá otra oportunidad.

Miguel daba la impresión de verdaderamente creer en su propuesta como un acto del liderazgo más puro, un esfuerzo desinteresado que no cualquiera tiene la voluntad, y mucho menos la capacidad, de realizar. Aunque la idea empezaba a tentarme, yo seguía padeciendo una sensación de incredulidad, cosechada por experiencias pasadas en las que los libros editados por la universidad cumplían un papel decepcionante. Se lo hice saber a Miguel, quien me juró por su madre que no serían libros editados por la universidad. Le ordené, haciendo una pausa entre cada sílaba, que hablara nuevamente con Javier para asegurar qué clase de libros donarían. Mientras tanto, yo trataría de ver entre mis amigos con automóvil y licencia, quién estaba disponible para ir por los libros a la hora acordada (a cambio de unas cervezas, ¡seguro!). Hasta hoy no sé si fue la fe maldita de poder gorrearle a la universidad un poemario de Juan Gelman o la novela de Jean Genet, o fue el entusiasmo hilarante de Miguel lo que me convenció de cooperar con el desastre.

Al final de todas las rúbricas, aparecía mi nombre en una letra pequeña y torcida junto a un garabato con forma de tortuga. En un arrebato de dramatismo, sentí mi identidad violada; tomé la hoja y la apreté al tiempo que la saliva se agolpaba entre mis dientes y los labios.

Para cuando Miguel me avisó que la librería nos entregaría todo tipo de libros, los demonios de la ingenuidad habían invadido mi mente y no paraba de imaginar en mis manos los libros de José de la Colina, Efraín Bartolomé y el Marqués de Sade. La abstracción era tal que nunca reflexioné sobre el verdadero significado de todo tipo de libros.

Al llegar a mi casa hablé por teléfono con tres amigos, el último fue quien accedió a ayudarme en la recolección. Los dos primeros, apenas les dije que se trataba de buscar libros, no hicieron más que reír. Esto me tomó como una hora porque las llamadas se cortaban; luego mi celular se quedó sin saldo y gruñí encabronado como hago siempre que pasa esto. Salí a ingresar saldo, hice un gasto no contemplado en las finanzas de aquella semana y en el camino a la tienda me topé con un viejo amor: una morenita que paseaba de la mano con su nueva presa carnal, sentí que el aire se tornaba melancólico y, por un momento, me valieron madres los libros. Eran las tres de la tarde. Le avisé a Miguel, por mensaje de celular, que mi parte estaba lista; su respuesta me sobresaltó al grado que casi escupí la sopa que de prisa devoraba: “ok, nos vemos a las 6 en la librería, ok Si quieres antes ven a mi departamento estoy bebiendo con unas amigas, ok”.

No supe cómo medir su cinismo (yo pasando malos rato y él bebiendo). De lo que sí estaba seguro era de perderme la película francesa. El calor aumentaba como incendio en fábrica de cohetes. Decidí bañarme y matar dos pájaros de un tiro: apaciguar la transpiración y, contrario a Miguel, adquirir el ligero formalismo que brinda una buena ducha.

Gustavo me dijo en una llamada que me encontraría en el centro cerca del Chile Bicentenario. Aunque vivía en una colonia cercana no podía pasar por mí. “Voy a comprar dos galones de pintura”, pretextó. Intuí, y más tarde confirmó él mismo, que andaba arrebatándose las ropas con su novia. Sentí un remordimiento por interrumpirlo y me dije: esto deber tener algún significado; sin embargo ignoré las señales que la divinidad, benevolente con un no creyente como yo, enviaba cada vez con mayor rigor.

Tomé la combi rumbo al centro y durante el trayecto advertí a Miguel, con otro mensaje, que ya iba en camino. El Chile Bicentenario no es otra cosa que la gigantesca columna color vino quemado ubicada en la Plaza Bicentenario, la cual, según palabras de Gustavo y sus teorías culturales, es un falo y simboliza lo reata que fueron todos los héroes de la Independencia.

Cuando llegué frente a la plaza el cielo tenía un tono azul casi morado que anunciaba el anochecer, el calor se había vuelto soportable. Gustavo no aparecía por ningún lado y Miguel respondió algo trágico: “espérame 15 minutos, es que no había visto la hora. ¿Quieres que te lleve una cerveza?”

Para entonces todo me parecía trágico. Varios minutos después limpiaba de mis zapatos un poco de excremento, aplastado por accidente mientras pensaba en la profundidad narrativa del cine francés, cuando recibí otro mensaje de Miguel en el que decía ya estar en la librería platicando con Javier. Gustavo tardó quince minutos más en llegar manejando su jetta blanco. Subí conteniendo el impulso de reclamar por la demora; tardamos otro cuarto de hora en llegar a la librería porque tuvimos que atravesar varias calles, perdernos, casi atropellar a un señor con muletas y pasarnos un semáforo en rojo.

Hasta hoy no sé si fue la fe maldita de poder gorrearle a la universidad un poemario de Juan Gelman o la novela de Jean Genet, o fue el entusiasmo hilarante de Miguel lo que me convenció de cooperar con el desastre.

Eran las siete y los mosquitos se lanzaban contra el cuerpo como dardos nocivos. Maté dos antes de empujar la puerta. Saludé a Javier con un movimiento de cabeza. Frente a él estaba Miguel; vestía una playera negra con la estampa de un ángel desangrándose, un morral con la imagen de un chivo y, para rematar la herejía, de su cuello pendía un crucifijo dorado.

—Creí que te habías ido a otra parte — dijo, con una voz más aniñada de lo normal.

La expresión de su rostro era de relajación intensa; casi diría que estaba listo para acostarse a dormir. Ignoré su pretensión de reclamo.

—¿Ya hablaste con la directora? —sin esperar su respuesta caminé hacia la oficina, adentro una mujer gordita y pequeña acomodaba papeles en carpetas amarillas.

Miguel volvió a sacar su hoja llena de firmas y me recordó a un árbitro de fútbol. Lo dejé pasar primero; Gustavo, accesible siempre para los momentos que requieren fuerza física, venía muy animado detrás, como si se tratara de matar de alguien. La directora levantó la mirada y nos examinó con decepción a través de sus pequeños lentes. Hizo una broma sobre nuestros escuálidos cuerpos, que no servirían para transportar las pesadas cajas de sabiduría (tal cual lo dijo). Miguel traía la lengua más suelta que un perro salvaje. Repitió dos veces lo que estaba escrito en la hoja y que seguramente la directora ya sabía con anticipación. Aún así explicó lo evidente con una habilidad pedagógica que revelaba su embriaguez.

—Entonces ahorita usted nos lleva a donde están los libros y ya nosotros subimos todo —dijo cuando ya la directora había ordenado al bodeguero nos entregara un paquete de libros—. Vamos, vamos —balbuceaba Miguel, moviendo las manos como si diera varias nalgadas a un fantasma.

La bodega era un largo pasillo oscuro lleno de cajas apiladas a ambos lados, al final colgaba un foco de luz opaca. Fue el bodeguero quien nos indicó que un paquete de libros eran seis cajas de distintos tamaños y pesos. Comprendí las bromas de la directora sobre nuestra escasa musculatura y Gustavo susurró groserías en inglés. Desesperado por terminar pronto con ésto, abrí una caja pequeña y me topé con media docena de libros azules, gruesos, sobre derecho penal tabasqueño. Abrí otra caja y brotaron como dulces varios libros, también azules, llamados Barquitos de papel.

—Miguel, estos libros son de la universidad, son editados por la universidad —reclamé con un tono que no sonara despectivo.

—No importa, no importa, si nos los van a regalar, ¡bienvenidos sean! —contestó abrazando dos cajas como si fueran muñecos de peluche. Salió a trompicones y las dejó junto a la llanta trasera del carro.

Regresó por más. El bodeguero nos preguntó cuántos paquetes nos llevaríamos.

—¡Uno! —respondí de inmediato.

El Chile Bicentenario no es otra cosa que la gigantesca columna color vino quemado ubicada en la Plaza Bicentenario, la cual, según palabras de Gustavo y sus teorías culturales, es un falo y simboliza lo reata que fueron todos los héroes de la Independencia.

—No, no, déjame hablar a mí —repuso Miguel, demostrando la convincente decisión de dirigir la recolección—. Mira, lo que pasa es que en esta hoja traemos firmas de todos los que pertenecen al taller, ¿ya lo ves? —dudo que el bodeguero viera algo en la oscuridad—. Pues necesitamos un paquete por persona, porque cuando estamos en el taller cada quien debe tener su libro a la mano para leer mejor —hacía mímicas de abrir y hojear algo y hablaba como si enfrente tuviera un niño.

—Miguel, pero en estos paquetes hay hasta cinco libros de cada uno —interrumpí.

—¡Cálmate, estoy hablando yo! —Guardó silencio, se tambaleó un poco y volvió a escupir sus motivos—. Por eso necesitamos un paquete por persona, somos seis en el taller.

El bodeguero, nervioso y asombrado por las cantidades exageradas de cajas que meteríamos en el carro, nos aclaró que cada paquete traía exactamente lo mismo.

—Sí, por eso, cada persona necesita un paquete.

—Miguel, pero van a ser muchas cajas, no van a entrar en el carro —comenzaba a enfurecerme.

—Tú tranquilo —me tomó del hombro y murmuró cerca de mi rostro—. Es para que cada quien tenga su paquete, ¿no te das cuenta?

—Estos libros no tienen nada que ver con literatura. Hablan sobre la crianza de borregos, sobre historia política del siglo diecinueve, sobre la germinación de plantas.

—Sí tienen, claro que tienen que ver —dijo con sosiego—. ¡Ah, se me olvidaba! necesitamos un paquete para el maestro, entonces serán siete.

Miguel no paraba de vernos con ojos rojos e hinchados que buscaban comprensión. Reanudó su tarea de sacar cajas. Gustavo las acomodaba en la cajuela del carro. El bodeguero desapareció. Yo, resignado a que esto era una estupidez, también seguí cargando cajas. A los pocos minutos perdimos la cuenta de cuántos paquetes llevábamos.

Cuando menos lo esperábamos, el bodeguero regresó acompañado de la directora y de Javier.

—¿Pero qué es lo que hacen? — exclamó la señora—. ¿Por qué se llevan tantas cajas?

Miguel contestó lo mismo que le había dicho al bodeguero. La directora espetó, entre asustada y perpleja, que eso no podía ser. Un oficio sólo servía para un paquete, si queríamos los demás debíamos presentar justificantes de otras instituciones. Enloquecido me puse a descargar cajas. Miguel, aparentemente ofendido, se acercó a reclamarme. Según la directora los paquetes estaban revueltos y ya no podíamos regresárselos. Subí lo que había descargado.

Las manos me temblaban de coraje. La oscuridad ocultaba nuestros gestos y el calor regresaba a poner la piel pegajosa. En los últimos minutos Gustavo había dejado de intervenir y permanecía de pie viendo el espectáculo. Así estaba cuando Miguel le preguntó si en su colonia no había alguna biblioteca. Le dijo que no, con una risa burlona. Luego me preguntó lo mismo y le dije que tampoco.

—¡Ya sé!, Luis, que es de Paraíso, debe tener una biblioteca, ¡claro! —chasqueó los dedos para apoyar su lucidez hiriente.

—¿Y cómo esperas que se lleve tantas cajas? —Luis, compañero del taller literario, apenas tenía una casa en obra negra.

El caso es que la directora regresó a su oficina dejándonos la advertencia de ir al día siguiente por los paquetes y con los nombres de las escuelas que recibirían la donación. La posibilidad de hacer un acto altruista llevando libros a las comunidades rurales no ayudó ni un poco a relajarme.

Cargamos sólo hasta donde creímos que el auto aguantaría el viaje. Antes de irnos Miguel me dijo en voz baja que Javier, en recompensa por nuestra audaz hazaña de recoger los libros, nos traería material especial para los dos. Esto aseguraba que la directora no estaba hablando a la policía por el evidente hedor a marihuana y a cerveza en Miguel, ni por sospechas de robo. Nuevamente las manos me sudaron anhelando los discursos de Glantz y Reyes ante la Academia de la Lengua. ¡Al fin!,

pensé. Eran ya las nueve y Gustavo tenía que regresar a casa en treinta minutos.

Vi a Javier recortado contra la luz brillante de la librería. Vacilé un momento y en el estómago se me revolvieron las verduras de la sopa al ver los puñados de Turuntuneando, Bajo el signo del relámpago y A tiempo de unicornio. Sentí lástima por la mamá de Miguel que pagaría el juramento de su hijo. Rechacé los libros con fingida cortesía.

Miguel entró a la librería a dar las gracias por el apoyo incondicional recibido y cuando salió terminó de amargar la noche. Expulsó bocanadas de una pasta verdosa frente a la puerta. A pesar de que adentro todos lo vieron con conmiseración, nadie lo ayudó.

Miguel entró a la librería a dar las gracias por el apoyo incondicional recibido y cuando salió terminó de amargar la noche. Expulsó bocanadas de una pasta verdosa frente a la puerta. A pesar de que adentro todos lo vieron con conmiseración, nadie lo ayudó. Se manchó los zapatos, el pantalón, las manos al limpiarse la boca, y la salpicadera del jetta. Luego, preguntó si lo llevaríamos a su casa pero antes de que pudiera abrir la puerta trasera del auto, Gustavo arrancó y avanzó en dirección a la calle Madero.

—Qué mal quedaron ante la directora —me dijo—, dieron la impresión de querer estafar a la universidad, de robarle en sus propias narices.

No contesté, la sed acumulada me secó la garganta y sólo pude carraspear un poco.

—Sabes, creo que el Chile Bicentenario no está dedicado a los héroes nacionales. Realmente está inspirado en los dos siglos de empinamiento que lleva el mexicano aguantando tanta porquería —hablaba sin quitar la vista del frente— ¿Y sabes por qué es una escultura vigente? Por personas como tú, a las que día con día, les siguen dando reata.

Sabía que su teoría era una tontería, sin embargo en ese momento me pareció llena de lógica y la acepté con docilidad. Ya ni llorar me hubiera servido.

Descargamos los libros en la sala de mi casa. Una semana después, Miguel pasó por ellos en un carro conducido por su tío. Venían desde Macuspana y, para pagarle el favor, Miguel tuvo que invitarle una noche privada con una chamaca en un bar de mala muerte. A mí sólo me dejó un discurso de Fidel Castro.

Miguel no compró los boletos del camión, lo hizo Mario. Tampoco fue al concierto. El viernes, unas horas antes de salir rumbo al D.F., su madre sufrió un accidente vehicular. Se había estampado contra un árbol al intentar esquivar un camión llenos de puercos. Nos avisó llorando por teléfono. No sabía qué decirle, nunca he sido bueno para dar consuelo. “Bueno, lo siento, espero estés bien”, algo así es lo que recuerdo.

En la terminal de autobuses le conté a Mario todo lo ocurrido el miércoles; no paró de reír y alabar la teoría de Gustavo.

Ambos nos lamentamos por Miguel y decidimos mandarle un mensaje donde las palabras mostraran nuestro apoyo y aprecio. “Escríbele algo empático, sin burlas”, me dijo Mario. Escribí lo siguiente: “Sentimos profundamente que te pierdas el concierto, va a ser el mejor. Por lo pronto, puedes sentarte a descargar de internet la película Banda aparte, es francesa, de un tal Godard, la proyectaron el miércoles”.

Tomado de Reyes Mosqueda, Josimar. Ya ni llorar es bueno. UJAT. 2013