Juan de Jesús López

Incluso en la casa más pequeña te puedes encontrar con una anécdota y en el mejor de los casos con una historia. Pequeña o grande no importa pero debemos admitir que existen los nivelitos. Están allí: relatos pequeños que resurgen como las gramíneas en los huecos menos esperados en las paredes antiguas o redondas y pulidas como piedra de ámbar milenaria que atrapara el codiciado chuchumo milagroso en su luz de orina cuagulada.

Mi madre tiene “sus” anécdotas –quién soy yo para meterme en su pasado–, tiene la memoralia de la familia y los relatos que le contó la abuela aunque debo admitir que ella no los cuenta como la vieja Mojodrila ni yo recuerdo cómo era exactamente el tono, la textura, el hilo y las puntadas. Sin temor a equivocarme ella es una pequeña historia que se amasija con los achaques no por un afán de complejidad sino de quicio domiciliario. En fin, los espacios tienen el deseo de llenarse y las historias de hacer cúmulo. Algo tienen en común la cueva paleolítica, la casa, el libro, la cámara fotográfica, el socavón de la memoria, y el vientre de las hembras: son espacios para ser habitados.

Tenemos por decirlo así dos genomas: el genético y el imaginario. Ahora que la ciudadanía mundial entró en una pausa forzada por la covid-19 y las mismas veinticuatro horas de siempre parecieran tiempo de sobra, mantenemos la inercia de llenar el tiempo vacío con relatos bonsai que como pequeños caramelos adictivos satisfacen nuestro fastidio, desconcierto o angustia. Paraísos temporales. Con sólo sentarnos a la mesa no podríamos dejar de hilar pequeñas historias. No es un ocio, es parte del sistema automático del cuerpo, el inconsciente narrativo. La ciudadanía redificada cuando lee en su cuenta de Facebook “en qué piensas hoy” en realidad ve “en qué cuentas hoy”. Es mundo ficcioso por “alterno”. Recuerdo un título: “La bendita manía de contar”, aunque en el García Márquez propone contar como sistema intencional.

En general pareciera que contamos para que nos tomen en cuenta pero más bien ocultamos mucho de lo querenciado para ser tomados en cuenta. Eso que llamamos naturaleza es un sistema que oculta el cómo sucede la rosa; el mito, un relato cifrado. Cuántas historias se perderán con nosotros como lágrimas bajo la lluvia. “Era un cautivo beso enamorado de un par de nalgas que tenía…!!” De mi infancia sólo recuerdo ese verso porque así lo mal “declamé” en la escuela un lunes de homenaje a la patria. Todos rieron pero me expulsaron una semana de la escuela. En la casa fingí que iba a la escuela y con otros niños recorrimos las lagunas, las fincas frutales, la Ciudad Deportiva y los tiraderos de comida de los restaurantes. Nunca dijimos nada de la duenda lasciva. Relato interruptus. Divagar en la memoria es otra forma de ocurrir.

Es la hora del cuento doña Rafita, le digo mi madre mientras tomamos el café. Ella remoja las galletas de soda mientras interpreta los hervores del calor coronavirulario y yo le doy pausa al trabajo de construir una cámara estenopeica. Domingo 26 de abril del año de la pandemia. Me relata lo que escuchó de la abuela que a su vez escuchó de alguien, sobre un matrimonio humilde de una comunidad rural y muy devota:

Al hombre campesino lo engañaba su mujer con el cura de la parroquia. La mujer cumplía con sus obligaciones con todo esmero pero amaba al joven sacerdote. El cura hacía bien su chamba en el púlpito y en la cama, pero se esmeraba en el amor porque también la amaba. Chojoneaba el chucuchú con la fuerza de los caballos que montaba el ángel caído durante la caída del paraíso. A uno de ellos se le ocurrió: Tenemos que deshacernos de él. El cura dijo yo sé cómo. Una tarde, la mujer le puso a su esposo junto al plato de frijoles un sobre de fina piel estampado con lámina de oro.

–Hijo, la sequía viene muy difícil este año y el señor cura me dijo que fuiste elegido para entregar esta carta a nuestro padre Sol. Toma.

El hombre de carácter sumiso juntó lo que pudo y se puso en marcha. Caminó durante muchos años siempre en dirección hacia al este. Llegó a un territorio donde todo se convertía en arena candente. Ahí se encontró una casucha habitada por una anciana que lo socorrió con agua y comida.

–Hay muchacho, pero cómo se te ocurre venir aquí.

–Vengo a entregar una carta a nuestro padre Sol.

–Pero si mi hijo te encuentra de seguro te come.

La anciana lo ocultó, sin embargo, su hijo descubrió la presencia humana por el olor. La anciana calmó el furor del astro rey y le platicó que aquel hombre flaco y melenudo tenía una carta importante. El Sol la revisó y se rió con tal fuerza que se levantó una ola de arena más alta que las murallas de Jericó.

–Te enviaron a tu muerte muchacho. Esta carta no dice nada. Regresa. Ten, lleva esta otra al cura y dile que él, y la mujer que fue tu mujer, deben llevarla al Papa.

El hombre volvió a su casa. Encontró a su mujer con hijos y al cura dando misa con fervor y gratitud mística rodeado de púberas angelicales.

–Como pensé que ya no vendrías me casé con tu primo –dijo la mujer–, nos consagró el señor cura.

La odió con amor. Durante muchos años su cuerpo fue todo su paisaje y pertenencia. Entregó la carta al cura y dijo que por órdenes del padre Sol tenía que entregarla, acompañado de ella, de la que fuera su esposa. El cura y la mujer iniciaron la marcha pero a medio camino, provocados por la curiosidad y los reproches de mutua desconfianza, abrieron la carta…

–¿¡Y qué pasó!? –Ya no me acuerdo.

Texto de la colección: Memorial del Cuarentenado 67mxxvii