Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Autor: Luis Acopa (Página 2 de 11)

Atmosfera revolucionaria

Un niño antes de la revolución

Andrés Iduarte

Hecho testimonial que refleja la atmosfera previa a la revolución, a través de la memoria infantil. Hemos tomado esta sección, dividida originalmente como un capítulo, por una narración aproximadas al cuento.

Mi tío Radulfo Brito fue muerto a tiros, villanamente. El general Victoriano Huerta estaba en el poder. Retirado mi tío de la política desde la caída de don Porfirio, enfermo de los ojos, casi ciego, pensó pasar a México a operarse. Quiso visitar, antes, una de sus propiedades, el ingenio de Santa Rita. El nuevo mayordomo, un hombre de antecedentes turbios, tuvo una disputa con él. Unos le atribuyeron a cuestiones personales, otros dicen que buscó simplemente un pretexto para ejecutar lo largamente premeditado. Sin que el licenciado Brito pudiera defenderse –no veía– le descerrajó varios balazos que lo hirieron en la boca y la garganta. Cayó al suelo. Todavía resuenan en mis oídos las palabras que desde allí pudo todavía decirle mi tío, y que tantas veces oí repetir. Es una sentencia que sólo puede brotar de la hombría en trance de muerte:

–¡Don Domingo, así no se mata a los hombres…!  

A los hombres de verdad, quería decir, se les mata de frente y sin ventaja. El licenciado Brito era un hombre de valor personal bien probado, con una historia de desprecio a la muerte que en el ambiente de Tabasco era y es la cualidad más estimada por todos. El heridor huyó. Tan luego llegó mi tío a San Juan Bautista, llevado por sus fieles, mi primo Rodulfo, que tenía menos de quince años, embarcó en un “motor” para ir en persecución del asesino. Después de la leyenda del valor de mi abuelo y de mi tío, empezaba a caer sobre mis oídos otra nueva y vibrante: la de mi primo. Como un grabado heroico me quedó en la memoria el cuento de la aprehensión de don Domingo, que huía a toda prisa en una barca de remos, armado hasta los dientes, y que, al ver al hijo de su víctima, se entregó sin luchar. Los broncos tabasqueños que iban a dar el pésame a mi primo, le decían que “debió matarlo ahí mismito”. Mi tío murió tres días después de ser herido. Se lo llevó la hemorragia, que no pudieron contener.

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Agua y luz en Tabasco

Nostalgias y descubrimientos

Rafael Domínguez Gamas

A través de una prosa ágil, enriquecida por disgregaciones secuenciales, nuestro autor nos refiere ellos históricos que hoy parecen ficción: la llegada de la luz eléctrica y el último gran ciclón del siglo XIX.

¿Qué cosas o sucesos puedo recordar desde 1886 en que llegué con mis padres a San Juan Bautista, a los tres años de edad? Todo es bruma en mis recuerdos, todo borroso, todo desdibujado. Con todo esto, apurando el recurso de cerrar los ojos paréceme que una cinta cinematográfica va pasando suave, tenue, lenta, evocadora, mostrándome el pasado, ese empalidecido pasado mío que, muy a mi pesar, se fue ya para siempre.

Las aguas del Grijalva llegaron hasta la calle de Sáenz, hasta la falda misma de la Loma de la Encarnación.

Tenía yo cinco años. Llovía a torrentes. Soplaban rachas huracanadas. En la alta noche, mis padres y yo estábamos despiertos. Y el vecino don Plácido González nos hacía compañía. Había pavor en los rostros. De cuando en cuando, un ruido estrepitoso nos aterrorizaba: de la iglesia catedral, a impulso del furioso huracán, caían las tejas del inclinado techo. Mis padres y don Plácido hablaban de la seguridad y resistencia de las paredes de la casa. Yo los seguía silenciosamente, pero empavorecido como ellos. Aquello fue el ciclón del 1888, el famoso e inolvidable ciclón que produjo en Tabasco la inundación mayor de que se tiene memoria. En aquella ocasión –no sé si lo recuerdo porque lo vi o porque me lo contaron o porque lo dice así la tradición– , las aguas del Grijalva llegaron hasta la calle de Sáenz, hasta la falda misma de la Loma de la Encarnación.

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El cuento del fakir

La muerte del fakir

Rafael Domínguez Gamas

Esta narración es una muestra de lo real maravilloso de la antigua San Juan Bautista, hoy Villahermosa. El texto ha sido retomado por otros autores de ficción para construir nuevas narraciones, donde el faquir tiene otros desenlaces.

Lo que voy a referir me parece que aconteció en el año de 1913 del siglo veinte, precisamente cuando ya había cumplido la tercera década de mi vida. Fue algo horrible que nunca olvidaré.

Alguien argüía que cosa igual había hecho ya en otros lugares como en Mérida de Yucatán con toda felicidad.

Se anunció que un domingo por la mañana, en presencia de cuantas personas quisieran asistir al espectáculo sería sepultado un fakir en el coloso taurino. Decíase que el dicho fakir se produciría por si solo el estado de catalepsia, y que en ese estado, con una lentísima pulsación que le permitiera permanecer dentro de una caja de madera preparada ad hoc, de lo cual darían fe algunos de los médicos de la localidad especialmente invitados para ese efecto, sería sepultado dentro de la referida caja y que así permanecería hasta después de la corrida de toros que se efectuaría en la tarde.

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Segunda parte de Tabasco en 1968

El mundo oficialoide temblaba

Isidoro Pedrero Totosaus

Esta es la segunda parte del texto que originalmente apareció como una crónica en el semanario “Malecón” en 1981; hoy lo ponemos a consideración de los lectores como un producto también de la ficción, quizás nuestro autor estaba más en la frontera de la narrativa social y del periodismo comprometido. 

El mundo oficialoide temblaba, los consuegros de Mora Martínez que se habían enriquecido insultantemente, preparaban las maletas apresuradamente: eran las ratas las primeras en abandonar el barco que se estaba hundiendo. Y allá, en Jalpa de Méndez, una humilde familia de lloraba en el interior de su jacal desesperadamente su hijo, Mario Madrigal Tosca, fue asesinado por los porros que subsidiaba Piñera Morales y que habían sembrado el terror en toda la Universidad: jovencitas vejadas, estudiantes salvajemente golpeados, maestros amenazados y las autoridades universitarias en zozobra. El terror imperaba en las aulas, y un movimiento reivindicatorio en la Escuela Normal que se transformó en huelga, había desatado la furia de los chacalitos que alimentaba primero desde la jefatura de policía y después desde la presidencia municipal de Cárdenas el militaroide Piñera Morales, amo y señor de la política en la entidad, compartida únicamente con el Chelo Rojas. El vacío de poder que provocó el versificador clasicista de Mora Martínez estaba haciendo estragos en la entidad.

El terror en toda la Universidad: jovencitas vejadas, estudiantes salvajemente golpeados, maestros amenazados y las autoridades universitarias en zozobra. El terror imperaba en las aulas, y un movimiento reivindicatorio en la Escuela Normal que se transformó en huelga.

Cuando los estudiantes pasearon por las principales calles de Villahermosa con el ataúd de Mario Madrigal Tosca, el imponente silencio de los capitalinos fue más que un estruendoso alarido que hizo explotar el descontento reprimido. Ahí, frente a Plaza de Armas, tomaron la palabra Mario Barrueta García, presidente de la FEUT y Víctor Manuel López Cruz, presidente de la sociedad de alumnos de la Escuela de Derecho. Los verbos candentes hicieron añicos la de por sí figura enclenque del hombre que traicionando a Carlos A. Madrazo, había conservado la gubernatura, y que en lugar de caminar erguido ante su pueblo reptaba asquerosamente, exhibiendo toda la dimensión de su miseria humana. A cada palabra de los oradores el coraje crecía, en cada estigma lanzando al oscuro gobernante el dolor se volvía cólera y luego de finalizar sus peroratas, ya todo estaba escrito: en la noche la asamblea de la FEUT desconociendo los poderes y luego, el mitin permanente en Plaza de Armas: los días transcurrían engrosando las filas amotinadas y las manifestaciones iban in crescendo, llegando a contabilizarse más de 30 mil manifestantes coreando una consigna: “Fuera Mora”.

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