Nostalgias y descubrimientos

Rafael Domínguez Gamas

A través de una prosa ágil, enriquecida por disgregaciones secuenciales, nuestro autor nos refiere ellos históricos que hoy parecen ficción: la llegada de la luz eléctrica y el último gran ciclón del siglo XIX.

¿Qué cosas o sucesos puedo recordar desde 1886 en que llegué con mis padres a San Juan Bautista, a los tres años de edad? Todo es bruma en mis recuerdos, todo borroso, todo desdibujado. Con todo esto, apurando el recurso de cerrar los ojos paréceme que una cinta cinematográfica va pasando suave, tenue, lenta, evocadora, mostrándome el pasado, ese empalidecido pasado mío que, muy a mi pesar, se fue ya para siempre.

Las aguas del Grijalva llegaron hasta la calle de Sáenz, hasta la falda misma de la Loma de la Encarnación.

Tenía yo cinco años. Llovía a torrentes. Soplaban rachas huracanadas. En la alta noche, mis padres y yo estábamos despiertos. Y el vecino don Plácido González nos hacía compañía. Había pavor en los rostros. De cuando en cuando, un ruido estrepitoso nos aterrorizaba: de la iglesia catedral, a impulso del furioso huracán, caían las tejas del inclinado techo. Mis padres y don Plácido hablaban de la seguridad y resistencia de las paredes de la casa. Yo los seguía silenciosamente, pero empavorecido como ellos. Aquello fue el ciclón del 1888, el famoso e inolvidable ciclón que produjo en Tabasco la inundación mayor de que se tiene memoria. En aquella ocasión –no sé si lo recuerdo porque lo vi o porque me lo contaron o porque lo dice así la tradición– , las aguas del Grijalva llegaron hasta la calle de Sáenz, hasta la falda misma de la Loma de la Encarnación.

Por aquel entonces la unidad de moneda en México era el peso de plata como ahora. Pero un peso que valía, cuando menos, cinco veces más que el actual. Circulaban también el tostón, la peseta, el real, el medio y la cuartilla, monedas todas de plata, con excepción de la última que era de plomo y que equivalía a tres centavos de aquel sistema monetario. Había también unas contraseñas de a centavo que para facilitar el cambio emitían con su propio sello las tiendas de comercio.

No tengo idea de la fecha ni de la época en que se comenzó a usar en Tabasco el sistema métrico decimal. Pero si recuerdo que en el ya vetusto edificio de la Sociedad de Artesanos, ubicado en la calle de Hidalgo, los ayudantes de las escuelas públicas, entre los cuales figuraba Eraclio Abalos –lo tengo muy presente–, se encargaron de instruir a la niñez sobre el particular. Allí aprendimos a convertir varas a metros, libras a kilogramos, caballerías a hectáreas, etcétera.

¡Con qué gusto pienso en aquellos días en San Juan en que toda la chiquillería del barrio montábamos en caballos de madera que comprábamos a medio –medio real– para recorrer las calles de la ciudad! ¡Qué jinetes aquellos! En grupos de diez o quince chiquillos entre seis y ocho años de edad, montados en las dichas cabalgaduras de madera, recorríamos la ciudad para saludar a las personas de nombre Juan y felicitarlas por su día onomástico. No deja de ser curiosa y extraña la forma de esta felicitación, y, en verdad, vale la pena referirla. Nos colocábamos desde el centro de la calle frente a la casa del Juan que quisiéramos saludar, en actitud de correr, y a la indicación convenida del que hacía de jefe o capitán de la comparsa, todos emprendíamos la carrera que terminaba hasta el centro mismo de la casa pronunciando en coro y agritos durante la carrera estas sacramentales palabras: “Que viva el señor San Juan y el señor San Pedro y Santa Isabel en el pueblo”.

Allí aprendimos a convertir varas a metros, libras a kilogramos, caballerías a hectáreas, etcétera.

No pasaré por alto en este para mi grato encadenar de recuerdos borrosos, pero -como quiera que sean– imborrables, aquella serie de juegos callejeros con que nos divertíamos y pasábamos el tiempo. Hacían nuestra delicia el palmito, el pijije, el trompo, la canica, el papagayo (papalote), el tángano, la pocita, el ganaterreno y algunos otros que de fijo se escapan a mi memoria. Es claro que estos juegos no eran simultáneos, sino que tenían sus épocas durante el año. En la del trompo, verbigracia hacía su agosto don Carmen Cortázar que estaba reputado como el mejor trompero de la ciudad, porque zumbaban y se dormían, porque eran sedas porque tenían muy bella forma, y los hacía de palo e naranjo o de guayabo. En algunas ocasiones exploté yo la industria de los papagayos haciéndolos de colores vivísimos , de colas muy hermosas, con muy buen frenillo y con mucha guiña. También jugábamos al toro, a la guerra entre barrio y barrio, a los acróbatas (vulgo cirqueros o maromeros). Pero hay que decir que el ganaterreno que de seguro ya desapareció, fue –cuando menos en Tabasco– el juego precursor de la pelota.

He de mencionar también en este amoroso hilvanar de recuerdos un hecho que, a pesar de los años –lo largos años que de entonces acá han transcurrido– no he podido olvidar. Fue esto durante el gobierno de don Simón Sarlat, allá por los noventas. Iba a cambiarse el alumbrado público de los marchitos y macilentos faroles por el de corriente eléctrica, cuya inauguración se había anunciado para cierta noche. La chiquillería de mi barrio estaba loca de curiosidad. Es claro que sí. No sabíamos qué cosa era eso. Tanto se nos había dicho de la luz eléctrica, que casi la imaginábamos cosa de brujería. La planta de Gumbao se había instalado en la calle de Aldama entre Lerdo y Zaragoza. Y el día de la inauguración, anunciada para las ocho de la noche, allá fuimos a dar fe de aquella maravilla. Pero como nunca falta algún pelo en la olla que venga a enturbiar el encanto de la comida, sucedió que la planta no pudo funcionar sino hasta después de las diez de la noche. De modo, que, entretenidos con aquella novedad que no podíamos entender ni explicarnos, se nos pasó insensiblemente el tiempo y volvimos a nuestras casas casia a la media noche. Y cuál no sería nuestro asombro el enterarnos de que el padre de Pancho Ortiz, que lo esperaba hecho un energúmeno por su tardanza, le dio tan tremenda azotaina –no menos de cincuenta latigazos–, que todo el vecindario se alarmó: acaso el mismo Pancho haya olvidado la “cueriza”, pero yo, a través de más de medio siglo, la sigo escuchando horrorizado, como la escuche, lleno de incomprensión aquella noche inolvidable en que vi por primera vez la luz eléctrica.

Tomado de Domínguez, Rafael. Tierra mía. Gobierno del Estado de Tabasco. Edición facsimilar. 1980