Bellaisla

Alicia Delaval

Este relato, aparecido en su edición original como parte del primer capítulo de la novela “Las vírgenes terrestres”, logra una consistencia por sí solo que nos aproxima a la fuerza narrativa de una de las mejores prosistas tabasqueñas del siglo XX.

Bellaisla, brillando bajo el despiadado sol de junio, semejaba una de esas ciudades de juguete que construyeron los niños con los diversos objetos que encuentran a su alcance. El abigarrado conjunto de colores que lucían sus casas y edificios, y el trazo inverosímil de sus calles que subían, bajaban, se ensanchaban y estrechaban, dando vueltas y revueltas y desafiando, de esa manera, todas las reglas urbanísticas, ofrecían a los desacostumbrados ojos de los visitantes, una visión no sólo completamente ilógica sino extraña y obsesionante.

La topografía del terreno en la que estaba ubicada, no justificaba de ninguna manera su absurdo trazo, ya que la ciudad se encontraba situada sobre una amplia planicie.

Tal vez la explicación de esta falta completa de urbanismo era la de que, como nunca había existido un plano regulador, cada quien había edificado su casa o edificio robándole al municipio parte del terreno destinado a las banquetas, a costa del predio vecino, o bien, haciendo esquina en el lugar menos a propósito, o cerrando una calle arbitrariamente.

Sin embargo, a sus habitantes aquello les parecía lo más natural del mundo y conocían cada recodo, cada rincón, cada escondrijo de su ciudad mejor que las líneas de su propia mano.