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Villahermosa de principios del siglo XX

La vida en “El Vacilón”

Jesús Ezequiel de Dios

Esta es una narración costumbrista. Presentada originalmente como una sección de una novela, hemos querido destacarla como un cuento, ya que en ella podemos encontrar algunos elementos del género, pero sobre todo, aquí hay una reconstrucción de primera mano del paisaje y quehaceres del habitante de la capital tabasqueña de principios del siglo XX.

Como se dijo, a Pepe le sobresaltó enterarse que tenía que irse con su padre y así llegó a vivir a “El Vacilón”, que más que tienda era una cantinucha en Juan Álvarez y Gregorio Méndez, cruce en que terminaba la ciudad por ese lado, y la cuadra en la que se ubicaba era la zona roja. De nuevo a dormir entre costales y envases; como en “Las Delicias”, muchas veces abajo del mostrador pero siempre protegido por el cariño solicitó de su primo Ismael. Por su viudedad de hombre joven y su indiscutible vitalidad que jamás le hizo asco a ningún trabajo, el padre de José de los Santos se aturdía con el licor. Cariñoso con su hijo único, le agradaba mantenerlo a su lado colmándole de cariños, pero sus amistades femeninas de ocasión y la bohemia de Faustino Mora y el Negro Miguel entre los recordados, le hacían desentenderse en mucho de Pepe.

“El Vacilón”, que más que tienda era una cantinucha en Juan Álvarez y Gregorio Méndez, cruce en que terminaba la ciudad por ese lado, y la cuadra en la que se ubicaba era la zona roja.

José Carlos Becerra, el cuentista

¿A dónde vas Juan Manuel?

José Carlos Becerra

Una narración costumbrista, que a través del deseo por explorar, nos muestra el habitad del tabasqueño de mediados de siglo XX.

-¿A dónde vas Juan Manuel? ¿Pa’onde vas?

El camino era una cinta larga y lodosa salpicada de huellas de cascos de caballos. Juan Manuel tenía la frente empapada, de cabellos ásperos y negrísimos, todo sudoroso, llevaba en sus pequeños ojos de niño la chispa febril de su deseo, la ansiedad de realizar aquel sueño que había galvanizado su mente: “Ir a la ciudad” era la meta que llevaba prendida en sus sentidos.

Mientras los huaraches se le hundían en el lodo semi-seco, a medida que iba caminando, cada vez que se cruzaba con algún jinete conocido escuchaba la misma frase: «¿A dónde vas Juan Manuel? ¿A dónde vas?» Apresuradamente, maquinalmente repetía él: «Pa’allá, voy pa’llá» y con el índice señalaba a cualquier punto del camino, temeroso de ser descubierto.

Llevaba en sus pequeños ojos de niño la chispa febril de su deseo, la ansiedad de realizar aquel sueño que había galvanizado su mente…

—Villahermosa está lejos, había oído decir a los que ya habían ido. Alguna vez pensó en ella, se la imaginaba como la litografía del viejo y polvoriento cromo que empapelaba desde que él era pequeño, una parte de la frágil pared de su casa de guano. Toda llena de iglesias de altas torres, y un enorme y antiguo palacio donde vivían los que mandaban en la ciudad.

Un cuento histórico

  La cabeza de Sentmanat

Justo Cecilio Santa Anna

En aras de una lectura fluida, hemos adaptado la historia, permitiéndonos variar la puntuación de la versión donde tomamos el trabajo, suprimimos algunos juicios autorales, para darle mayor énfasis al cuento, que sin proponérselo “per se” estaba escribiendo nuestro autor.

Nadie ha olvidado cómo y en qué circunstancia vino Sentmanat a las playas tabasqueñas enrolado en la expedición que condujeron los caudillos federalistas, el general Juan Pablo Anaya y el inspector de milicias cívicas Fernando Nicolás Maldonado, en el memorable año de 1840.

Sentmanat se mezcló desde esa época hasta su trágica muerte en los asuntos políticos del estado.

Fue así, que a fuerza de audacia, encabezando chusmas indisciplinadas, logró vencer al gobernador y comandante militar José Ignacio Gutiérrez, a pesar de contar éste con tropa veterana bien pertrechada, imponiéndole una capitulación que tiene pocos antecedentes en los anales de nuestras luchas fratricidas.

Perdura también en nuestros recuerdos la serie no interrumpida de intrigas y desavenencias que mantuvieron en agitación constante nuestros abuelos, a raíz de la victoria de los federalistas, y a los sucesos que dio origen la inquietud y la ambición de Sentmanat, que en todo asunto público pretendía preponderar e imponer su voluntad. Causa y motivo fue esto de que sucesivamente fueran abandonando el gobierno los Ruíz de la Peña, Requena y Jiménez, hombres de carácter entero y de honorabilidad acreditada, que no quisieron doblegarse ante el capricho tiránico del aventurero que, fiado de la fuerza de las armas, se había declarado amo y señor de nuestros destinos.

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