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Narración de lo real maravilloso del trópico

Zilmazul

Bertha Ferrer

Narración costumbrista lineal, que refleja la relación de los habitantes del trópico con sus creaciones imaginarias, enmarcada en la corriente de lo real maravilloso.

Al llegar a Ixtacomitán, siempre hay una especie de rocío flotando en el ambiente, en muchas ocasiones los nubarrones se están formando entre los cerros, como si fuera a llover, las calles resquebradas serpentean por el pueblo donde nada parece recto, es sinuoso y los musgos, las begonias y los helecho brotan de entre las piedras grandes y dispares, algunas lisas y otras roñosas, donde se van acomodando los escalones para entrar en las casas.

Puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende…

El viejo Gustavo llega a la tienda de abarrotes, escoge un rincón, se sienta, desbarata los dobleces del pantalón, los sacude, arranca un hilacho de sus remiendos y con toda parsimonia cruza la pierna, se quita el sombrero y empieza a abanicarse, de vez en cuando mueve la cabeza y lanza un resoplido, como diciendo, no puede ser, yo mismo acompañé a las señoras para que vieran cómo había quedado el lugar y puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende y que sin embargo, no servía para nada, ya que en muchas ocasiones la fuimos a traer después de varios días a los acahuales que hay por la ladera de la montaña.

Una ciudad paralela a Villahermosa

Bellaisla

Alicia Delaval

Este relato, aparecido en su edición original como parte del primer capítulo de la novela “Las vírgenes terrestres”, logra una consistencia por sí solo que nos aproxima a la fuerza narrativa de una de las mejores prosistas tabasqueñas del siglo XX.

Bellaisla, brillando bajo el despiadado sol de junio, semejaba una de esas ciudades de juguete que construyeron los niños con los diversos objetos que encuentran a su alcance. El abigarrado conjunto de colores que lucían sus casas y edificios, y el trazo inverosímil de sus calles que subían, bajaban, se ensanchaban y estrechaban, dando vueltas y revueltas y desafiando, de esa manera, todas las reglas urbanísticas, ofrecían a los desacostumbrados ojos de los visitantes, una visión no sólo completamente ilógica sino extraña y obsesionante.

La topografía del terreno en la que estaba ubicada, no justificaba de ninguna manera su absurdo trazo, ya que la ciudad se encontraba situada sobre una amplia planicie.

Tal vez la explicación de esta falta completa de urbanismo era la de que, como nunca había existido un plano regulador, cada quien había edificado su casa o edificio robándole al municipio parte del terreno destinado a las banquetas, a costa del predio vecino, o bien, haciendo esquina en el lugar menos a propósito, o cerrando una calle arbitrariamente.

Sin embargo, a sus habitantes aquello les parecía lo más natural del mundo y conocían cada recodo, cada rincón, cada escondrijo de su ciudad mejor que las líneas de su propia mano.

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