Chano Culebro

Gabriela Gutiérrez Lomasto

Narración lineal regionalista con elementos de la tradición de lo real maravilloso.

Le decían Chano Culebro. Era moreno, como tronco quemado; de baja estatura y rasgos puramente indígenas; sus ojillos tenían siempre una mirada esquiva y nerviosa dirigida al suelo y el chontal se los cubría a medias. Fue buen cliente de la tienda y nunca le faltaba el rollo de billetes amarrado a la punta del paliacate; en su lista de compras siempre señalaba amoníaco, cintas rojas y negras, paquetes de alfileres, veladoras, lociones de variados nombres, víveres, etcétera. Rutinariamente pedía permiso para que le permitieran guardar su morral, sus cactes y algunas otras cosas. Se sacudía con las manos el polvo del camino que traía pegado en los pies y se enzapataba, como él decía, “con zapatos de rico”; usaba camisa y pantalones de mezclilla semiarrollados, como es costumbre entre la gente campesina, para no mancharse los bajos con la tierra o el lodo en las largas caminatas. Su machete, balanceado a su cintura, era inseparable.

Brujo, según el decir de unos; curandero, para otros. Hay quienes aseguran que tenía pacto con el diablo y otros dicen que se le incorporaban los malos espíritus que sacaba a los demás.

Brujo, según el decir de unos; curandero, para otros. Hay quienes aseguran que tenía pacto con el diablo y otros dicen que se le incorporaban los malos espíritus que sacaba a los demás. Por eso, cuando cantaba la pea a la medianoche y las lechuzas fijaban su brillante parpadeo sobre la luna llena, Chano Culebro se retorcía y echaba espuma por la boca, como los perros cuando los agarra la rabia. Cantaba y gritaba hasta quedar tieso. Al otro día, puertas cerradas. No las abría ni salía a la calle.