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Etiqueta: sexo

Soledades acompañadas

La Virgen Mimí

Efraín Gutiérrez

Una narración de ambiente decadente, lineal con elementos irónicos que confirman la habilidad de nuestro autor en el género cuentistico.

Mimí, la virgen atrevida, llegó a mi vida como una llovizna perfumada y tierna para luego convertirse en una tormenta de torrenciales ansiedades. Pero antes de que pudiere gozar al máximo de sus perfumes y de su cándida frescura, se me escapó de entre las manos como el agua que no admite ser aprisionada y debe seguir su rumbo, dejándome tan sólo el recuerdo de su cuerpo que serpenteaba entre la firmeza de mis brazos y la blandura de mi corazón.

La recuerdo virgencita de la sonrisa pícara y dulce, parada ante la puerta de mi casa y alzando orgullosa bajo la ropa el recién nacido busto para obsequiarme el espectáculo de sus formas lanzarme de una vez el desafío del amor.

La recuerdo virgencita de la sonrisa pícara y dulce, parada ante la puerta de mi casa y alzando orgullosa bajo la ropa el recién nacido busto para obsequiarme el espectáculo de sus formas lanzarme de una vez el desafío del amor. Y luego, la confirmación del reto mediante la audacia de un beso fugaz entregado de sorpresa y que, cual golondrina rápida, antes de darme cuenta, agitó las alas y emprendió, no el vuelo de la fuga, son el juego risueño y sugestivo que corre pidiendo alcance. El obsequio de un beso leve; más bien, el de un delicado roce que por lo repentino y furtivo tomara giros de poema al untarse con el viento y engalanar sin mucho ruido la soledad de mis jardines.

Musicalidad narrativa

Hola soledad

Fernando Nieto Cadena

Este cuento apareció publicado en el año 2008, en el primer tomo de «Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco». Por razones editoriales y de mejor lectura en la web, he alterado los puntos y seguidos del texto original, que en su versión impresa es de un solo párrafo.

Sales a la calle con la robusta mulatez de tu persona, con ese pres-pres al caminar que no te desampara, mirando palante, rumbosa, con el meloso meneíto de caderas que ya quisieran las blanquiñosas flacuchas del barrio tener, abriendo plaza en la banqueta con tu ir y venir como si estuvieras marcando el biyi biyón de tu sangre sandunguera. Tus chancletas marcan el compás de una vieja y revieja pasión por el baile.

Apretó tu cintura que entonces era mucho más leve que la cintura cósmica que cantó aquel sureño.

Todavía recuerdas cuando alguien te dijo en medio de un lanzón –Si cocina como camina me como hasta el raspadito, y apretó tu cintura que entonces era mucho más leve que la cintura cósmica que cantó aquel sureño. Quiso besarte pero le marcas la tranca de tu brazo izquierdo, lo llevas casi colgando hacia fuera de la pista y en el borde, donde el territorio de mesas y sillas es una tierra semi neutral le sueltas un cachetadón que aún resuena por los solares de tu juventud como señal de que eres demasiada mujer para cualquier hombre. Entonces ya levantabas tu metro ochenta sobre el planeta y tus parejas de baile siempre fueron más pequeños y apenas podían llegar a tu espalda con su mano derecha, se contentaban con ponerla sobre tu cintura en espera de cualquier oportunidad para pegarse a ti como quien se recuesta sobre la holgada levedad de tus senos al reclamo cadencioso de un bolero. Todo eso lo recuerdas mientras barres lo que te corresponde de la banqueta frente a tu casa. Ahora tu memoria vive preñada de unas palabras que conservas en hibernación, son las palabras del vecino que las escuchaste de pura chiripa durante una entrevista radial. Los viejos poetas salen a los parques y se inspiran con el ir y venir de las chiquillas persiguiéndose unas a otras mientras imberbes galanes las acosan con tímidas propuestas de amor.

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