Érase una vez un cuento en línea

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Atmosfera revolucionaria

Un niño antes de la revolución

Andrés Iduarte

Hecho testimonial que refleja la atmosfera previa a la revolución, a través de la memoria infantil. Hemos tomado esta sección, dividida originalmente como un capítulo, por una narración aproximadas al cuento.

Mi tío Radulfo Brito fue muerto a tiros, villanamente. El general Victoriano Huerta estaba en el poder. Retirado mi tío de la política desde la caída de don Porfirio, enfermo de los ojos, casi ciego, pensó pasar a México a operarse. Quiso visitar, antes, una de sus propiedades, el ingenio de Santa Rita. El nuevo mayordomo, un hombre de antecedentes turbios, tuvo una disputa con él. Unos le atribuyeron a cuestiones personales, otros dicen que buscó simplemente un pretexto para ejecutar lo largamente premeditado. Sin que el licenciado Brito pudiera defenderse –no veía– le descerrajó varios balazos que lo hirieron en la boca y la garganta. Cayó al suelo. Todavía resuenan en mis oídos las palabras que desde allí pudo todavía decirle mi tío, y que tantas veces oí repetir. Es una sentencia que sólo puede brotar de la hombría en trance de muerte:

–¡Don Domingo, así no se mata a los hombres…!  

A los hombres de verdad, quería decir, se les mata de frente y sin ventaja. El licenciado Brito era un hombre de valor personal bien probado, con una historia de desprecio a la muerte que en el ambiente de Tabasco era y es la cualidad más estimada por todos. El heridor huyó. Tan luego llegó mi tío a San Juan Bautista, llevado por sus fieles, mi primo Rodulfo, que tenía menos de quince años, embarcó en un “motor” para ir en persecución del asesino. Después de la leyenda del valor de mi abuelo y de mi tío, empezaba a caer sobre mis oídos otra nueva y vibrante: la de mi primo. Como un grabado heroico me quedó en la memoria el cuento de la aprehensión de don Domingo, que huía a toda prisa en una barca de remos, armado hasta los dientes, y que, al ver al hijo de su víctima, se entregó sin luchar. Los broncos tabasqueños que iban a dar el pésame a mi primo, le decían que “debió matarlo ahí mismito”. Mi tío murió tres días después de ser herido. Se lo llevó la hemorragia, que no pudieron contener.

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Cuento político

Garrido espió por la puerta… y se coló por ella

Francisco J. Santamaría

Relato referido por Manuel González Calzada, en el que a su juicio se narra con “ironía, despecho, humorismo y fantasía” una anécdota del pasado político tabasqueño, el cual he tomado como un cuento. Por razones editoriales y de mejor lectura en la web, he alterado la puntuación del texto y el uso de las “i” originales de Santamaría.

Le era necesario colarse en el régimen, para buscar chamba propiamente, y para proteger los intereses de su señor padre don Pío Garrido, que de manera decidida y como enemigo irreconocible de la Revolución, había ayudado con dinero y en todas formas al Huertismo, sobretodo si se trataba de perseguir carranclanes, como en el caso de Virginio Chan, en Tepetitán de Macuspana, a cuya persecución y exterminio puso, con don Pablo Barrenqui y don Manuel de la Cruz Juárez, a contribución todo lo suyo: gente, caballos, dinero, hasta sus perros, al servicio del gobierno…

Vidente fue entonces Múgica.

Su primo, entonces coronel, José Domingo Ramírez Garrido, revolucionario distinguidísimo, ocupaba puesto prominente en el Gobierno de Yucatán, que era a cargo del Gral. Salvador Alvarado. Allá fue Tomás y se le colgó al primo hermano. Pero José Domingo no sé por qué no lo metió en el Gobierno de Yucatán, que mucho se lo hubieran agradecido los tabasqueños, sino que nos escribió a Tabasco al Gral. Francisco J. Múgica, que era el Gobernador; a mí que era Subsecretario de Gobierno y al Prof. Alfonso Caparroso, jefe del Departamento de Educación Pública, recomendándonos a su primo Tomás (Masho, nos decía en carta confidencial), como buen muchacho y elemento joven no maleado, aunque sin antecedentes revolucionarios, para que lo trajéramos a colaborar en el Gobierno del Estado.

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