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Narración de lo real maravilloso del trópico

Zilmazul

Bertha Ferrer

Narración costumbrista lineal, que refleja la relación de los habitantes del trópico con sus creaciones imaginarias, enmarcada en la corriente de lo real maravilloso.

Al llegar a Ixtacomitán, siempre hay una especie de rocío flotando en el ambiente, en muchas ocasiones los nubarrones se están formando entre los cerros, como si fuera a llover, las calles resquebradas serpentean por el pueblo donde nada parece recto, es sinuoso y los musgos, las begonias y los helecho brotan de entre las piedras grandes y dispares, algunas lisas y otras roñosas, donde se van acomodando los escalones para entrar en las casas.

Puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende…

El viejo Gustavo llega a la tienda de abarrotes, escoge un rincón, se sienta, desbarata los dobleces del pantalón, los sacude, arranca un hilacho de sus remiendos y con toda parsimonia cruza la pierna, se quita el sombrero y empieza a abanicarse, de vez en cuando mueve la cabeza y lanza un resoplido, como diciendo, no puede ser, yo mismo acompañé a las señoras para que vieran cómo había quedado el lugar y puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende y que sin embargo, no servía para nada, ya que en muchas ocasiones la fuimos a traer después de varios días a los acahuales que hay por la ladera de la montaña.

¿Se descansa en la muerte?

Petrita

Josefina Vicens

Este es un cuento largo de una de nuestras extraordinarias narradoras, quien con maestría nos sumerge en una historia de aire gótico. Aquí la segunda parte, dividida con el objeto de facilitar la lectura de esta joya de nuestra tradición literaria.

II

¡La niña muerta! ¡Cuanta vida tenía! Su cara verde parecía la de un animalito. Sí, tenía aire de familia con un animal, pero no sé como cuál. Las manos estaban trenzadas, crispadas más bien, y junto con los pies era lo único realmente aterrador, lo único que daba al conjunto un grito de protesta. Parecían pequeñas raíces retorcidas, extraídas violentamente de la tierra. Tenía un no sé qué de árbol frustrado, de asesinato inútil, de intimidad expuesta a la luz. Parecía que con sus pies y con sus manos, hubiera estado aferrada, sembrada a la tierra, y que al arrancarla de ella, hubiera muerto como una pequeña planta. No eran manos comunes, no eran manos para sostener un ramo de flores, ni una fruta, ni un juguete; no eran pies para caminar, no eran pies que hubieran podido calzar zapatos que todas las niñas usan. No, eran raíces jóvenes pero fibrosas y duras, raíces que solo en las entrañas de la tierra podían vivir e ir creciendo hasta alcanzar su verdadera forma y tamaño. No era una niña muerta; era una niña cortada, arrancada, cosechada prematuramente.

No era una niña muerta; era una niña cortada, arrancada, cosechada prematuramente.

Nuestra amistad fue creciendo poco a poco. Le compré un marco sencillo de madera de magnolia y la puse en el mejor sitio de mi cuarto, allí donde la luz favorecía más. No la coloqué entre lo que se encontraba allí, sino que fue alterando todo en tomo suyo. Cambié de lugar la cama, el escritorio, el sillón, el librero para poderla mirar desde cualquier punto.

El encanto de la muerte

Petrita

Josefina Vicens

Josefina Vicens en los años 40ta, tomado del archivo de José F. Coello Ugalde

Este es un cuento largo de una de nuestras extraordinarias narradoras, quien con maestría nos sumerge en una historia de aire gótico. Lo he dividido en dos partes, buscando facilitar la lectura de esta joya de nuestra tradición literaria.

Para Maka, pintora grande

Una tarde, de esto hace ya muchos años, mi amigo Juan la llevó a la casa.

—A ver si te gusta -dijo. Y me la dejó.

Era un cuadro, su último cuadro. Se llamaba «La niña muerta». Contemplé la pintura y algo ocurrió dentro de mí, algo distinto, grave.

Siento el arte con sus muy particulares y diferentes noticias de inteligencia y de belleza, pero esas noticias llegan a mí corriendo un largo camino: medito, comparo, y al fin escojo y guardo. Pero la pintura es mi idioma, un extraño idioma que no puedo hablar. Ella no recorre caminos, conoce la vereda directa, mi dirección exacta, mi hora de recibo.

Por eso tal vez mi amistad con los pintores tiene algo secreto y especial. Ellos no lo perciben, porque lo oculto, como muchas de mis supersticiones, menos aquellas que requieren signos urgentes y delimitados para conjurar la desgracia.

Pero la pintura es mi idioma, un extraño idioma que no puedo hablar.

La cercanía física del pintor me resulta angustiosa. También la del ilusionista. En ninguno de los dos puedo tener confianza nunca. No me es posible apartar los ojos de las manos de un pintor, son para mí cuevas mágicas y siento que al menor descuido saldrán de ellas formas, colores, luces, atmósferas nuevas, animales inventados y personajes extraños que nunca existieron ni existirán . Tampoco puedo apartar la mirada de las manos de un ilusionista, por el temor de que también al menor descuido se me llene la cabeza de palomas. Ni unos ni otro se dan cuenta de mi zozobra, pero seguramente no estarían un momento a mi lado, si supieran que colgando de sus dedos, habitando sus manos, veo pájaros, frutas, niños, barcos, lánguidas señoritas, cintas brillantes, caballos, bailarinas, copas, ventas, o simplemente un trazo, una línea que lo dice todo.

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