El agua espió por la puerta

Gabriela Gutiérrez Lomasto

Narración costumbrista que retrata la relación del habitante del trópico con su entorno natural.

I

Silbaba el viento con profunda agonía. La llama del quinqué bailaba una danza discordante ante mis ojos. Asida de los hilos de la hamaca, temblaba más de miedo que de frío, cuando empezó a crecer el agua. El norte cerrado no sé de cuántos días, había impedido mi regreso a la ciudad y, ahora, estaba allí en ese mundo de cosas nuevas y lejos por primera vez de los míos.

Entonces, los brazos de madera cedieron al viento y las gotas de agua empujándose unas a otras, llegaron casi hasta el centro de la pieza. Se oía claramente el llanto desigual de los animales que, como medida de protección, fueron llevados hacia la loma. En ese lugar levantaba su frente la escuelita.

De coca se fregaron tanto sembrando, las mazorcas que recojan no las van a querer ni los marranos. Yo por eso no pierdo mi tiempo en la tierra…

Tenía días que el sonoro llamado de la campana se había apagado. Yo pensé que nosotros debíamos ir también como ellos a la loma.

—No es prudente abandonar las casas cuando más nos necesitan —dijo don Chelino. Se levantó de la hamaca con una colcha doblada sobre los hombros, aseguró las trancas de nuevo, se calentó las manos en el bombillo y volvió a sentarse.

—Cuando pase la creciente hay que empezar otra vez.