Juana

Bertha Ferrer

Narración lineal de atmósfera, con tendencia costumbrista.

Llueve, amaina un rato; de repente un nuevo impulso, el agua parece desbordarse. En la ventana se van dibujando caminos de cristal, prismas, rombos, pequeñas esferas donde poder guardar secretos. El agua parece obedecer a un gran director de orquesta y cambia de sonido ante una misteriosa señal. Cuando viene de las montañas parece una parvada de ángeles en vuelo, se anuncia grave. Desde lejos le viene cantando a la ceiba, al macuilís, al zapote de agua y a las pequeñas hojas de yerbas que tiemblan en un mismo compás. El viento marca el ritmo a este incomparable ballet de agujas.

Llueve, llueve. Las sensaciones, los recuerdos, flotan con el agua, sudan las manos, cepillo el pelo, juego con mis gatos; sólo se trata de hacer un cuento, los ruidos en la puerta, voces que van y vienen me toman a su antojo y no logro callarlas, otra vez Juana no encuentra las postales de la escultura donde me enseñó cómo eran esas cosas.

Agua, despertador de aroma. Agua, compañera inseparable del mundo de Juana. Una mañana cuando se anunciaba la lluvia llegó hasta la cerca donde mi abuelo y yo esperábamos el paso del ganado. Vete a la casa, no quiero que conozcas a esa mujer, es una loca. ¿Por qué el asombro que aún no se quita, con el pasar de los años? La inquietud hace cosquillas en la piel, intento voltear con el caballo trotando pero la orden es terminante. ¡Vete, es una loca! ¡Loca, Loca, looocaaa! dicen las hojas de los árboles cuando paso.