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Otra vez la muerte

Amor entre huesos

Ciprián Cabrera Jasso

Este cuento muestra una constante en la literatura de nuestro autor, la muerte. En tal sentido es parte de la tradición melancólica literaria tabasqueña.

Está bien, está bien… Te voy a contar lo que sucedió aquella noche, pero no vayas a pensar que invento o que fantaseo. De antemano te juro que todo lo que voy a decir es cierto, aunque cueste trabajo creerlo. Es más, mira: aún tengo en la espalda una marca larga y profunda. Tócala, no tengas miedo. ¡Ay, no tan fuerte, que me quedó muy sensible la piel! Bien, ahora vamos a acomodarnos y a paladear este buen vino tinto. ¿Te acuerdas de Virginia, la que nos encontramos en aquel castillo pirata de Campeche y que ahora es un museo? Pues ella juega el papel principal en esta historia. Así es. Era muy bella y con una inteligencia prodigiosa. Ya veo que sí la recuerdas. Sí, sí, la misma, la del lunar en la mejilla. Ahora ya no vuelvas a interrumpirme para que pueda hilar bien las ideas.

De antemano te juro que todo lo que voy a decir es cierto, aunque cueste trabajo creerlo.

Resulta que nos conocimos hace muchos años en un viaje a Brasil. Nos tocó el mismo avión y además, ser compañeros de asiento. Era época de carnaval en Rio de Janeiro y por todos lados se desbordaban las caderas, la alegría y la locura. Durante el viaje no nos dirigimos ni una palabra; sólo algunas miradas que nos ponían en guardia más que en ataque. Desde el principio sentimos que cualquier contacto entre nosotros sería fatal. No sé si a ti te ha sucedido, ves a alguien y presientes el infierno. Así me pasó con ella. Para nuestra desgracia, o mejor dicho para la mía, llegamos al mismo hotel. Ella no hablaba nada de portugués y tuve que ayudarla en todos sus trámites. Como era de esperarse, la invité a cenar después de que nos acomodaron en nuestras respectivas habitaciones. Para no hacerte largo el relato, te diré que se creó, a partir de esa cena, una amistad muy bella entre nosotros. Te juro que no pasó nada allí. No sé si también te ha pasado que hay mujeres con las que es difícil crear otro tipo de relación que no sea la de buenos amigos. El deseo carnal pasa a segunda plano o en ocasiones a tercero o simplemente no existe de manera patente.

Cuento policíaco

El cuchillo

Ciprián Cabrera Jasso

Aquí tenemos un cuento con trama policíaca, que a través de la metaficción involucra a personajes reales de la tradición literaria tabasqueña. 

Para Malú Huacuja

 Hace algunos días visité a Efraín Gutiérrez y me dijo que tenía en su poder unas cartas que me quería mostrar. Es la correspondencia de dos grandes amigos que desaparecieron misteriosamente un día de un año que ya quejó muy atrás. Tan atrás, que el recuerdo se desdibuja en una neblina espesa y pesada. Cuando trato de recordarlos sólo me llega el bulto de cada uno de ellos y me es imposible fijar los detalles. Sus voces son un eco perdido: como los barcos que se van alejando en la inmensidad del mar hasta desintegrarse en el silencio. Realmente la memoria es injusta: sólo nos trae instantes de dolor y esconde entre cientos de pliegues los momentos de alegría. “Pero así es este asunto –me dijo ese gran amigo Andrés González Pagés, el que escribió el libro Los pájaros del viento-: uno vive y la vida se desvive”.

Uno vive y la vida se desvive.

Después de mucho platicar, me contó Efraín, entre aguardiente y aguardiente, que había encontrado la correspondencia entre los papeles que tenía guardados nuestro compañero Teodosio García Ruiz en su escritorio. “Llévatela y léela con calma; yo aún no me recupero de la impresión”, me dijo con un dejo de nostalgia y miedo. Tomé el paquete, lo palpé, y no voy a negar que sentí curiosidad por abrirlo y comenzar a leer, ya que el recuerdo sí me permitía llegar a ciertos misterios que ocurrieron en esa época: primero, la muerte de la esposa de Teodosio, y segundo, la desaparición de él y de Lácides, quien estaba investigando el caso. Antes de retirarme le dije a Efraín que me había gustado su libro Retratística de muertos. “Y qué curioso –añadí-: llevo entre mis manos otro retrato más, otro dibujo de la muerte”. Le dio risa y me dijo que dejara esas frases domingueras para después. Me recomendó, con una expresión irónica, que cuidara la correspondencia. Le dije adiós y él impregnó el aire con el olor maravilloso de la caña.

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