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Etiqueta: costumbrista

Narración de lo real maravilloso del trópico

Zilmazul

Bertha Ferrer

Narración costumbrista lineal, que refleja la relación de los habitantes del trópico con sus creaciones imaginarias, enmarcada en la corriente de lo real maravilloso.

Al llegar a Ixtacomitán, siempre hay una especie de rocío flotando en el ambiente, en muchas ocasiones los nubarrones se están formando entre los cerros, como si fuera a llover, las calles resquebradas serpentean por el pueblo donde nada parece recto, es sinuoso y los musgos, las begonias y los helecho brotan de entre las piedras grandes y dispares, algunas lisas y otras roñosas, donde se van acomodando los escalones para entrar en las casas.

Puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende…

El viejo Gustavo llega a la tienda de abarrotes, escoge un rincón, se sienta, desbarata los dobleces del pantalón, los sacude, arranca un hilacho de sus remiendos y con toda parsimonia cruza la pierna, se quita el sombrero y empieza a abanicarse, de vez en cuando mueve la cabeza y lanza un resoplido, como diciendo, no puede ser, yo mismo acompañé a las señoras para que vieran cómo había quedado el lugar y puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende y que sin embargo, no servía para nada, ya que en muchas ocasiones la fuimos a traer después de varios días a los acahuales que hay por la ladera de la montaña.

José Carlos Becerra, el cuentista

¿A dónde vas Juan Manuel?

José Carlos Becerra

Una narración costumbrista, que a través del deseo por explorar, nos muestra el habitad del tabasqueño de mediados de siglo XX.

-¿A dónde vas Juan Manuel? ¿Pa’onde vas?

El camino era una cinta larga y lodosa salpicada de huellas de cascos de caballos. Juan Manuel tenía la frente empapada, de cabellos ásperos y negrísimos, todo sudoroso, llevaba en sus pequeños ojos de niño la chispa febril de su deseo, la ansiedad de realizar aquel sueño que había galvanizado su mente: “Ir a la ciudad” era la meta que llevaba prendida en sus sentidos.

Mientras los huaraches se le hundían en el lodo semi-seco, a medida que iba caminando, cada vez que se cruzaba con algún jinete conocido escuchaba la misma frase: «¿A dónde vas Juan Manuel? ¿A dónde vas?» Apresuradamente, maquinalmente repetía él: «Pa’allá, voy pa’llá» y con el índice señalaba a cualquier punto del camino, temeroso de ser descubierto.

Llevaba en sus pequeños ojos de niño la chispa febril de su deseo, la ansiedad de realizar aquel sueño que había galvanizado su mente…

—Villahermosa está lejos, había oído decir a los que ya habían ido. Alguna vez pensó en ella, se la imaginaba como la litografía del viejo y polvoriento cromo que empapelaba desde que él era pequeño, una parte de la frágil pared de su casa de guano. Toda llena de iglesias de altas torres, y un enorme y antiguo palacio donde vivían los que mandaban en la ciudad.

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