Ya ni llorar es bueno

Josimar Reyes Mosqueda

Una historia del blofeo de la lectura y la divulgación del libro para nuevos autores.

Miguel tiene dos defectos que en cualquier otra persona tal vez no lo serían: tiene iniciativa y es un coleccionista compulsivo de libros. Ambos detalles los descubrí mucho antes de la tarde en que me arrastró a cometer la desafortunada diligencia. Sin embargo, nunca creí que sus defectos pudieran generar estragos del tamaño que lo hicieron.

Sucedió en un miércoles de abril, uno de esos días que al amanecer son frescos y a medida que las horas van pasando el calor se vuelve insoportable. Yo había tomado dos clases en las que, para mitigar el aburrimiento, leí un par de revistas eróticas escondido detrás de la muralla que era mi mochila. Antes de continuar el día, fui a desayunar un par de tacos. Ahí estaba Mario. Lo saludé recordándole el concierto del sábado en el Distrito Federal, y él, mientras detenía sus eructos con el dorso de la mano, advertía que Miguel compraría, ese mismo miércoles, los boletos del camión. La emoción de imaginarme en la entrada del estadio rodeado de las tribus defeñas bajo un sol pálido, me hizo olvidar la dureza de la carne y la tortilla. Pagué y caminé hacia la biblioteca donde se reuniría el equipo de la siguiente clase.

Miguel tiene dos defectos que en cualquier otra persona tal vez no lo serían: tiene iniciativa y es un coleccionista compulsivo de libros.

Durante el breve trayecto quise recordar el nombre de la película que proyectarían esa tarde como parte de la muestra internacional de cine, pero fracasé.