Érase una vez un cuento en línea

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Agua y luz en Tabasco

Nostalgias y descubrimientos

Rafael Domínguez Gamas

A través de una prosa ágil, enriquecida por disgregaciones secuenciales, nuestro autor nos refiere ellos históricos que hoy parecen ficción: la llegada de la luz eléctrica y el último gran ciclón del siglo XIX.

¿Qué cosas o sucesos puedo recordar desde 1886 en que llegué con mis padres a San Juan Bautista, a los tres años de edad? Todo es bruma en mis recuerdos, todo borroso, todo desdibujado. Con todo esto, apurando el recurso de cerrar los ojos paréceme que una cinta cinematográfica va pasando suave, tenue, lenta, evocadora, mostrándome el pasado, ese empalidecido pasado mío que, muy a mi pesar, se fue ya para siempre.

Las aguas del Grijalva llegaron hasta la calle de Sáenz, hasta la falda misma de la Loma de la Encarnación.

Tenía yo cinco años. Llovía a torrentes. Soplaban rachas huracanadas. En la alta noche, mis padres y yo estábamos despiertos. Y el vecino don Plácido González nos hacía compañía. Había pavor en los rostros. De cuando en cuando, un ruido estrepitoso nos aterrorizaba: de la iglesia catedral, a impulso del furioso huracán, caían las tejas del inclinado techo. Mis padres y don Plácido hablaban de la seguridad y resistencia de las paredes de la casa. Yo los seguía silenciosamente, pero empavorecido como ellos. Aquello fue el ciclón del 1888, el famoso e inolvidable ciclón que produjo en Tabasco la inundación mayor de que se tiene memoria. En aquella ocasión –no sé si lo recuerdo porque lo vi o porque me lo contaron o porque lo dice así la tradición– , las aguas del Grijalva llegaron hasta la calle de Sáenz, hasta la falda misma de la Loma de la Encarnación.

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Narración de atmósfera

Juana

Bertha Ferrer

Narración lineal de atmósfera, con tendencia costumbrista.

Llueve, amaina un rato; de repente un nuevo impulso, el agua parece desbordarse. En la ventana se van dibujando caminos de cristal, prismas, rombos, pequeñas esferas donde poder guardar secretos. El agua parece obedecer a un gran director de orquesta y cambia de sonido ante una misteriosa señal. Cuando viene de las montañas parece una parvada de ángeles en vuelo, se anuncia grave. Desde lejos le viene cantando a la ceiba, al macuilís, al zapote de agua y a las pequeñas hojas de yerbas que tiemblan en un mismo compás. El viento marca el ritmo a este incomparable ballet de agujas.

Llueve, llueve. Las sensaciones, los recuerdos, flotan con el agua, sudan las manos, cepillo el pelo, juego con mis gatos; sólo se trata de hacer un cuento, los ruidos en la puerta, voces que van y vienen me toman a su antojo y no logro callarlas, otra vez Juana no encuentra las postales de la escultura donde me enseñó cómo eran esas cosas.

Agua, despertador de aroma. Agua, compañera inseparable del mundo de Juana. Una mañana cuando se anunciaba la lluvia llegó hasta la cerca donde mi abuelo y yo esperábamos el paso del ganado. Vete a la casa, no quiero que conozcas a esa mujer, es una loca. ¿Por qué el asombro que aún no se quita, con el pasar de los años? La inquietud hace cosquillas en la piel, intento voltear con el caballo trotando pero la orden es terminante. ¡Vete, es una loca! ¡Loca, Loca, looocaaa! dicen las hojas de los árboles cuando paso.

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Un cuento pasado por agua

El agua espió por la puerta

Gabriela Gutiérrez Lomasto

Narración costumbrista que retrata la relación del habitante del trópico con su entorno natural.

I

Silbaba el viento con profunda agonía. La llama del quinqué bailaba una danza discordante ante mis ojos. Asida de los hilos de la hamaca, temblaba más de miedo que de frío, cuando empezó a crecer el agua. El norte cerrado no sé de cuántos días, había impedido mi regreso a la ciudad y, ahora, estaba allí en ese mundo de cosas nuevas y lejos por primera vez de los míos.

Entonces, los brazos de madera cedieron al viento y las gotas de agua empujándose unas a otras, llegaron casi hasta el centro de la pieza. Se oía claramente el llanto desigual de los animales que, como medida de protección, fueron llevados hacia la loma. En ese lugar levantaba su frente la escuelita.

De coca se fregaron tanto sembrando, las mazorcas que recojan no las van a querer ni los marranos. Yo por eso no pierdo mi tiempo en la tierra…

Tenía días que el sonoro llamado de la campana se había apagado. Yo pensé que nosotros debíamos ir también como ellos a la loma.

—No es prudente abandonar las casas cuando más nos necesitan —dijo don Chelino. Se levantó de la hamaca con una colcha doblada sobre los hombros, aseguró las trancas de nuevo, se calentó las manos en el bombillo y volvió a sentarse.

—Cuando pase la creciente hay que empezar otra vez.

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