Manuel Felipe

El confinamiento continúa, nos dice nuestro jefe en la video conferencia. Yo lo celebro, así no tengo que lidiar con el dolor de espalda que me provoca el estar en un espacio tan reducido, sentado casi ocho horas.

Solíamos coincidir por las tardes, cuando el sol ya estaba suave, entonces podíamos observarnos y saludarnos alzando la mano, sonriendo a lo lejos, a veces con cierta timidez ante la poca o ninguna convivencia como antecedente. Todo ello lo aprovechamos y, con algunos vecinos, armamos un grupo de whatsap, al que nombramos, originalmente: confinados, y es por donde nos hemos estado comunicando en estos últimos días.

Después de dos semanas, este es el recuento de algunos hechos: los casos de contagio siguen en aumento, en consecuencia, hay más fallecidos. Muchos tabasqueños siguen saliendo a las calles y, según me cuenta mi vecino, los puedes ver sentados en las bancas del Centro, quizá añorando tiempos mejores, tiempos de café, de compras y de ver pasar a las chicas guapas caminando. La decretada ley seca ha puesto en intensa dinámica al clandestinaje, un cartón de medias se vende hasta en 400 varos. Jonuta era el único municipio que no tenía contagios, tanto así que alguien me dijo que mandaron a cercar el acceso en la carretera. Todo mundo pensó que López Gatell era el Secretario de Salud. El virus ha generado una gran cantidad de teorías conspirativas. Bill Gates bajo la lupa, Nueva York ­–como muchas veces en las películas de ciencia ficción– es el epicentro del caos. Yo auguro que la novela de Orwell, será de las más leídas al término de todo esto, aunque todo esto no tiene para cuando terminar.

En el recuento de mis días, de mi cotidianidad, desde que se confirmaron dos fallecidos por el virus, en la colonia, la gente a mi alrededor ha limitado los encuentros en las azoteas. Solíamos coincidir por las tardes, cuando el sol ya estaba suave, entonces podíamos observarnos y saludarnos alzando la mano, sonriendo a lo lejos, a veces con cierta timidez ante la poca o ninguna convivencia como antecedente. Todo ello lo aprovechamos y, con algunos vecinos, armamos un grupo de whatsap, al que nombramos, originalmente: confinados, y es por donde nos hemos estado comunicando en estos últimos días. El medio se ha vuelto un canal en donde las noticias van y vienen a una velocidad que ya quisiera la tan mentada 5G que pretenden implementar y, que dicen, es uno de los motivos que tienen al mundo así de cabeza, con las patas parriba. Que nos agarren confesados porque el desastre económico que se avecina, será equiparable a la gran depresión de los años de entreguerras, escribe uno de los integrantes del grupo. También los mensajes para orar son una constante, al igual que toda la cantidad de remedios caseros para no infectarte del coronavirus aterrador. Yo leo todos los mensajes, a veces participo en las conversaciones, aunque, por lo general, me mantengo al margen, como un espectador, un voyerista de las palabras, de las frases de otros, intentando encontrar una respuesta que me satisfaga acerca de cómo terminará esto, y la conclusión es la misma: una vacuna, mediante la cual, nos implementarán un código para mantenernos a todos vigilados, no hay escapatoria, todos estaremos bien checaditos, bien redireccionados. En eso recibo una llamada, es mi padre que me habla para decirme que todo esto es una farsa, que acaba de ver un video en donde una persona va en su carro y con verdadero enojo, con genuina intensidad, nos dice que la última vez que estuvo en las calles, antes de que se confinara en casa, las torres de telecomunicaciones que ahora ve en su ciudad, no estaban. Yo lo escucho con tranquilidad, sé que, de a poco, irá bajando el nivel de su impresión por el video que acaba de ver, y entonces me hablará de sus nervios, de que le habló a tal y tal médico, de que no ha salido de casa, de que mamá se la pasa leyendo La Biblia todas las tardes, de que, por favor, cuando vaya, no olvidé llevarle el tornamesa que me prestó, que extraña escuchar sus discos de 33 revoluciones.