Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión del género cuento

Mes: julio 2017

Narración de atmósfera

Juana

Bertha Ferrer

Narración lineal de atmósfera, con tendencia costumbrista.

Llueve, amaina un rato; de repente un nuevo impulso, el agua parece desbordarse. En la ventana se van dibujando caminos de cristal, prismas, rombos, pequeñas esferas donde poder guardar secretos. El agua parece obedecer a un gran director de orquesta y cambia de sonido ante una misteriosa señal. Cuando viene de las montañas parece una parvada de ángeles en vuelo, se anuncia grave. Desde lejos le viene cantando a la ceiba, al macuilís, al zapote de agua y a las pequeñas hojas de yerbas que tiemblan en un mismo compás. El viento marca el ritmo a este incomparable ballet de agujas.

Llueve, llueve. Las sensaciones, los recuerdos, flotan con el agua, sudan las manos, cepillo el pelo, juego con mis gatos; sólo se trata de hacer un cuento, los ruidos en la puerta, voces que van y vienen me toman a su antojo y no logro callarlas, otra vez Juana no encuentra las postales de la escultura donde me enseñó cómo eran esas cosas.

Agua, despertador de aroma. Agua, compañera inseparable del mundo de Juana. Una mañana cuando se anunciaba la lluvia llegó hasta la cerca donde mi abuelo y yo esperábamos el paso del ganado. Vete a la casa, no quiero que conozcas a esa mujer, es una loca. ¿Por qué el asombro que aún no se quita, con el pasar de los años? La inquietud hace cosquillas en la piel, intento voltear con el caballo trotando pero la orden es terminante. ¡Vete, es una loca! ¡Loca, Loca, looocaaa! dicen las hojas de los árboles cuando paso.

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Narración de lo real maravilloso del trópico

Zilmazul

Bertha Ferrer

Narración costumbrista lineal, que refleja la relación de los habitantes del trópico con sus creaciones imaginarias, enmarcada en la corriente de lo real maravilloso.

Al llegar a Ixtacomitán, siempre hay una especie de rocío flotando en el ambiente, en muchas ocasiones los nubarrones se están formando entre los cerros, como si fuera a llover, las calles resquebradas serpentean por el pueblo donde nada parece recto, es sinuoso y los musgos, las begonias y los helecho brotan de entre las piedras grandes y dispares, algunas lisas y otras roñosas, donde se van acomodando los escalones para entrar en las casas.

Puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende…

El viejo Gustavo llega a la tienda de abarrotes, escoge un rincón, se sienta, desbarata los dobleces del pantalón, los sacude, arranca un hilacho de sus remiendos y con toda parsimonia cruza la pierna, se quita el sombrero y empieza a abanicarse, de vez en cuando mueve la cabeza y lanza un resoplido, como diciendo, no puede ser, yo mismo acompañé a las señoras para que vieran cómo había quedado el lugar y puedo asegurar que vi a la niña Zilmazul mirándolas desde la jaula, la misma que le hicieron para que no se la llevara el duende y que sin embargo, no servía para nada, ya que en muchas ocasiones la fuimos a traer después de varios días a los acahuales que hay por la ladera de la montaña.

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