Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión del género cuento

Mes: junio 2017 (Página 1 de 2)

Un micro relato fantástico y una meta-minificción

El espejo

Salvador Córdova León

La brevedad es un atributo de la narrativa de Salvador Córdova León y estos dos piezas reflejan su acucioso cuidado.

Hasta hoy, solemos pensar que la gente se muere, pero ello no es más que una ilusión colectiva. Lo que llamamos muerte es, en realidad, el arribo de todas las personas a este mundo. Todos nacemos de una determinada edad, y poco a poco vamos verdaderamente evolucionando hasta desvanecernos. Consideramos a la infancia como el pasado, pero realmente es el futuro, y lo que llamamos futuro es el pasado que, sin embargo, yace en el olvido y de él sólo tenemos reminiscencias, lo que nos lleva a temer que en ese engañoso porvenir ocurran cosas desagradable, o mantenemos la falsa esperanza de que la buena suerte nos acompañará, ambas cosas imposibles, desde luego. Sin embargo, nuestra infancia que, como ya hemos dicho, es nuestro verdadero futuro, se nos presenta comparativamente con una gran nitidez, y creemos recordar cuando no hay más que proyecciones de nuestra fantasía, las cuales tienden a convertirse en realidad, por lo que debemos ser muy cuidadosos cuando creemos estar ejercitando la memoria, ya que en realidad pusimos en juego nuestra imaginación.

Nuestra infancia, es nuestro verdadero futuro.

 

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Meta-minificción

Su obra maestra

Salvador Córdova León

Breves meta-minificción que buscan mostrar el oficio del escritor como un ejercicio constante.

Ahí estaba. Por fin iba a escribir un libro estupendo. Tenazmente lo persiguió por miles de cuartillas y ahora estaba ahí: el salto de su reputación de hombre de letras a la idolatría de las multitudes, de la medianía económica a la posición de los que fuerzan hasta los ojos de las agujas. De golpe, a la inmortalidad en vida. Sin ninguna duda. Si bien al principio lo sobrecogió la angustia de la pesadilla, trató poco a poco de zafarse de ella para contemplarla a la distancia, mientras sus nervios eran descargas eléctricas incontrolables y una visión horrenda se desarrollaba en su mente.

Por fin iba a escribir un libro estupendo. Tenazmente lo persiguió por miles de cuartillas y ahora estaba ahí…

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Un cuento pasado por agua

El agua espió por la puerta

Gabriela Gutiérrez Lomasto

Narración costumbrista que retrata la relación del habitante del trópico con su entorno natural.

I

Silbaba el viento con profunda agonía. La llama del quinqué bailaba una danza discordante ante mis ojos. Asida de los hilos de la hamaca, temblaba más de miedo que de frío, cuando empezó a crecer el agua. El norte cerrado no sé de cuántos días, había impedido mi regreso a la ciudad y, ahora, estaba allí en ese mundo de cosas nuevas y lejos por primera vez de los míos.

Entonces, los brazos de madera cedieron al viento y las gotas de agua empujándose unas a otras, llegaron casi hasta el centro de la pieza. Se oía claramente el llanto desigual de los animales que, como medida de protección, fueron llevados hacia la loma. En ese lugar levantaba su frente la escuelita.

De coca se fregaron tanto sembrando, las mazorcas que recojan no las van a querer ni los marranos. Yo por eso no pierdo mi tiempo en la tierra…

Tenía días que el sonoro llamado de la campana se había apagado. Yo pensé que nosotros debíamos ir también como ellos a la loma.

—No es prudente abandonar las casas cuando más nos necesitan —dijo don Chelino. Se levantó de la hamaca con una colcha doblada sobre los hombros, aseguró las trancas de nuevo, se calentó las manos en el bombillo y volvió a sentarse.

—Cuando pase la creciente hay que empezar otra vez.

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Cuento real maravilloso

Chano Culebro

Gabriela Gutiérrez Lomasto

Narración lineal regionalista con elementos de la tradición de lo real maravilloso.

Le decían Chano Culebro. Era moreno, como tronco quemado; de baja estatura y rasgos puramente indígenas; sus ojillos tenían siempre una mirada esquiva y nerviosa dirigida al suelo y el chontal se los cubría a medias. Fue buen cliente de la tienda y nunca le faltaba el rollo de billetes amarrado a la punta del paliacate; en su lista de compras siempre señalaba amoníaco, cintas rojas y negras, paquetes de alfileres, veladoras, lociones de variados nombres, víveres, etcétera. Rutinariamente pedía permiso para que le permitieran guardar su morral, sus cactes y algunas otras cosas. Se sacudía con las manos el polvo del camino que traía pegado en los pies y se enzapataba, como él decía, “con zapatos de rico”; usaba camisa y pantalones de mezclilla semiarrollados, como es costumbre entre la gente campesina, para no mancharse los bajos con la tierra o el lodo en las largas caminatas. Su machete, balanceado a su cintura, era inseparable.

Brujo, según el decir de unos; curandero, para otros. Hay quienes aseguran que tenía pacto con el diablo y otros dicen que se le incorporaban los malos espíritus que sacaba a los demás.

Brujo, según el decir de unos; curandero, para otros. Hay quienes aseguran que tenía pacto con el diablo y otros dicen que se le incorporaban los malos espíritus que sacaba a los demás. Por eso, cuando cantaba la pea a la medianoche y las lechuzas fijaban su brillante parpadeo sobre la luna llena, Chano Culebro se retorcía y echaba espuma por la boca, como los perros cuando los agarra la rabia. Cantaba y gritaba hasta quedar tieso. Al otro día, puertas cerradas. No las abría ni salía a la calle.

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