Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Mes: mayo 2017 (Página 2 de 2)

Un cuento policíaco rural

Una dulce canción bajo la tumba

Teodosio García Ruiz

Cuento testimonial de uno de los gremios necesarios para la transformación del país, el magisterio escolar; con una atmosfera de la Villahermosa de los años ochenta.

Como siempre Tripero y Sesoloco llegaban primero a esa fonda de mala muerte que se llamaba Carrañaca, ahí vendían los mejores cócteles de camarón, los ceviches de bobo y robalo, las campechanas y los levantamuertos. Puros mariscos de primera que llegaban antes a la colonia Casablanca y después avanzaban de casa en casa, de encargo en encargo, hasta llegar cerca del Playón. Entonces don Anselmo Ruiz, un hombre descendiente del español malagueño cruzado con mujer de Jalpa de Méndez, con su bigotón a la Jorge Negrete y a veces a lo Joaquín Pardavé, salía y revisaba los peroles o los morrales de sisal. Metía las manos, sopesaba la densidad y la frescura del producto, mordía uno y se tragaba otro hasta decir:

Y eso que ya veníamos cargados de las comunidades donde trabajábamos con verdadera entrega con los niños y padres de familia de esa regiones.

—Bueno, estos ya están tibiecitos, como que se están echando a perder.

—Pero si los acabo de sacar de los calambucos— contestaba el vendedor.

—A mí no me vas a hacer pendejo- afirmaba Carrañaca.

Y el pescador se iba con los mariscos a otra parte, hasta que llegaba otro vendedor que cediera su operación de regateo. Así era Carrañaca.

El asunto es que bajábamos a la ciudad y gozábamos del progreso: gises, lápices, diccionarios, novelas de Martín Luis Guzmán, de José Rubén Romero, discursos de José Vasconcelos y escritos de Salvador Novo; las últimas ediciones de la Sep y los clásicos de las editoriales argentinas. Íbamos al Teatro Merino y comprábamos ropa en Casa de los Mena, o de los Manzur. Comíamos en las fondas del mercado y, a veces, llegábamos a la peluquería El Fénix, para darnos el lujo de haber estado en la ciudad.

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Guerra sucia

Maldición eterna a quien vote por López Obrador

Teodosio García Ruiz

Este cuento fue escrito algunos meses antes del 2006 y publicado en una antología de circulación estatal. Hoy podemos leer como ficción muchos de los sucesos que sin duda parecen inverosímiles.

Ahora que los almendros se mueven con ritmo sostenido y acompasado por los vientos que a finales de agosto presagian el advenimiento de la temporada de lluvias, reconstruyo el tránsito de Irene; el recorrido que hace hasta la biblioteca donde presta el servicio social, toma el minibús en Ciudad Industrial y mira sin mirar a los pasajeros soñolientos y apestosos que han doblado turno en las fábricas y maquiladoras del área. A las jovencitas de aroma Fraiché cargadas de libros o depresiones rumbo a una escuela de corte y confección o la oficina pública.

Un día Irene logro leer lo que Potoki escribía diariamente en la libretita negra: “Maldición eterna a quien vote por López Obrador”.

Ya es tradicional en ella ponerse de pie cuando pasa por la biblioteca del estado, solicitar la próxima parada, palpar como al descuido el bolso de mano asumir con seguridad la banqueta para después cruzar la avenida por donde lo indican las rallas amarillas. Constata la situación actual de su cabello, su andar firme y bizarro sobre unas zapatillas negras y desgastadas que gracias a la piel de quién sabe qué res, todavía trascienden.

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