Érase una vez un cuento en línea

Espacio dedicado a la difusión de la narrativa

Mes: abril 2017 (Página 2 de 2)

¿Se descansa en la muerte?

Petrita

Josefina Vicens

Este es un cuento largo de una de nuestras extraordinarias narradoras, quien con maestría nos sumerge en una historia de aire gótico. Aquí la segunda parte, dividida con el objeto de facilitar la lectura de esta joya de nuestra tradición literaria.

II

¡La niña muerta! ¡Cuanta vida tenía! Su cara verde parecía la de un animalito. Sí, tenía aire de familia con un animal, pero no sé como cuál. Las manos estaban trenzadas, crispadas más bien, y junto con los pies era lo único realmente aterrador, lo único que daba al conjunto un grito de protesta. Parecían pequeñas raíces retorcidas, extraídas violentamente de la tierra. Tenía un no sé qué de árbol frustrado, de asesinato inútil, de intimidad expuesta a la luz. Parecía que con sus pies y con sus manos, hubiera estado aferrada, sembrada a la tierra, y que al arrancarla de ella, hubiera muerto como una pequeña planta. No eran manos comunes, no eran manos para sostener un ramo de flores, ni una fruta, ni un juguete; no eran pies para caminar, no eran pies que hubieran podido calzar zapatos que todas las niñas usan. No, eran raíces jóvenes pero fibrosas y duras, raíces que solo en las entrañas de la tierra podían vivir e ir creciendo hasta alcanzar su verdadera forma y tamaño. No era una niña muerta; era una niña cortada, arrancada, cosechada prematuramente.

No era una niña muerta; era una niña cortada, arrancada, cosechada prematuramente.

Nuestra amistad fue creciendo poco a poco. Le compré un marco sencillo de madera de magnolia y la puse en el mejor sitio de mi cuarto, allí donde la luz favorecía más. No la coloqué entre lo que se encontraba allí, sino que fue alterando todo en tomo suyo. Cambié de lugar la cama, el escritorio, el sillón, el librero para poderla mirar desde cualquier punto.

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El encanto de la muerte

Petrita

Josefina Vicens

Josefina Vicens en los años 40ta, tomado del archivo de José F. Coello Ugalde

Este es un cuento largo de una de nuestras extraordinarias narradoras, quien con maestría nos sumerge en una historia de aire gótico. Lo he dividido en dos partes, buscando facilitar la lectura de esta joya de nuestra tradición literaria.

Para Maka, pintora grande

Una tarde, de esto hace ya muchos años, mi amigo Juan la llevó a la casa.

—A ver si te gusta -dijo. Y me la dejó.

Era un cuadro, su último cuadro. Se llamaba «La niña muerta». Contemplé la pintura y algo ocurrió dentro de mí, algo distinto, grave.

Siento el arte con sus muy particulares y diferentes noticias de inteligencia y de belleza, pero esas noticias llegan a mí corriendo un largo camino: medito, comparo, y al fin escojo y guardo. Pero la pintura es mi idioma, un extraño idioma que no puedo hablar. Ella no recorre caminos, conoce la vereda directa, mi dirección exacta, mi hora de recibo.

Por eso tal vez mi amistad con los pintores tiene algo secreto y especial. Ellos no lo perciben, porque lo oculto, como muchas de mis supersticiones, menos aquellas que requieren signos urgentes y delimitados para conjurar la desgracia.

Pero la pintura es mi idioma, un extraño idioma que no puedo hablar.

La cercanía física del pintor me resulta angustiosa. También la del ilusionista. En ninguno de los dos puedo tener confianza nunca. No me es posible apartar los ojos de las manos de un pintor, son para mí cuevas mágicas y siento que al menor descuido saldrán de ellas formas, colores, luces, atmósferas nuevas, animales inventados y personajes extraños que nunca existieron ni existirán . Tampoco puedo apartar la mirada de las manos de un ilusionista, por el temor de que también al menor descuido se me llene la cabeza de palomas. Ni unos ni otro se dan cuenta de mi zozobra, pero seguramente no estarían un momento a mi lado, si supieran que colgando de sus dedos, habitando sus manos, veo pájaros, frutas, niños, barcos, lánguidas señoritas, cintas brillantes, caballos, bailarinas, copas, ventas, o simplemente un trazo, una línea que lo dice todo.

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Musicalidad narrativa

Hola soledad

Fernando Nieto Cadena

Este cuento apareció publicado en el año 2008, en el primer tomo de «Érase una vez un cuento. Compendio general del cuento en Tabasco». Por razones editoriales y de mejor lectura en la web, he alterado los puntos y seguidos del texto original, que en su versión impresa es de un solo párrafo.

Sales a la calle con la robusta mulatez de tu persona, con ese pres-pres al caminar que no te desampara, mirando palante, rumbosa, con el meloso meneíto de caderas que ya quisieran las blanquiñosas flacuchas del barrio tener, abriendo plaza en la banqueta con tu ir y venir como si estuvieras marcando el biyi biyón de tu sangre sandunguera. Tus chancletas marcan el compás de una vieja y revieja pasión por el baile.

Apretó tu cintura que entonces era mucho más leve que la cintura cósmica que cantó aquel sureño.

Todavía recuerdas cuando alguien te dijo en medio de un lanzón –Si cocina como camina me como hasta el raspadito, y apretó tu cintura que entonces era mucho más leve que la cintura cósmica que cantó aquel sureño. Quiso besarte pero le marcas la tranca de tu brazo izquierdo, lo llevas casi colgando hacia fuera de la pista y en el borde, donde el territorio de mesas y sillas es una tierra semi neutral le sueltas un cachetadón que aún resuena por los solares de tu juventud como señal de que eres demasiada mujer para cualquier hombre. Entonces ya levantabas tu metro ochenta sobre el planeta y tus parejas de baile siempre fueron más pequeños y apenas podían llegar a tu espalda con su mano derecha, se contentaban con ponerla sobre tu cintura en espera de cualquier oportunidad para pegarse a ti como quien se recuesta sobre la holgada levedad de tus senos al reclamo cadencioso de un bolero. Todo eso lo recuerdas mientras barres lo que te corresponde de la banqueta frente a tu casa. Ahora tu memoria vive preñada de unas palabras que conservas en hibernación, son las palabras del vecino que las escuchaste de pura chiripa durante una entrevista radial. Los viejos poetas salen a los parques y se inspiran con el ir y venir de las chiquillas persiguiéndose unas a otras mientras imberbes galanes las acosan con tímidas propuestas de amor.

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